miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Vale todo?

Ayer ocurrió un hecho que me ha hecho reflexionar. Por la tarde empezó a extenderse por las redes sociales un llamamiento para la retirada de un libro de las estanterías de las librerías o centros comerciales. Era un libro polémico, pues daba consejos para "curar" la homosexualidad y su escritor hacía gala de haberse curado él mismo "con la ayuda de Dios".

En menos de cuatro horas se produjo una protesta de tal envergadura que los grandes centros comerciales optaron por dar un comunicado en el que confirmaban la retirada del libro, afirmando que no son responsables de las opiniones vertidas en los libros que comercializan. Pero, ¿realmente pueden decir tal cosa?

Por un lado, este hecho me hace reflexionar sobre la calidad moral de los empresarios. Desde mi punto de vista, no se puede vender cualquier cosa, e igual que existen farmacéuticos que se reservan el derecho de abstención a la hora de vender la píldora del día después, o médicos que se niegan a practicar un aborto porque va en contra de sus principios, ¿por qué una librería no debería negarse a comercializar libros que vayan en contra de una línea de pensamiento? Particularmente no le encuentro diferencia y si yo tuviera la gran suerte de dedicarme al negocio editorial, ni lo hubiese editado ni lo hubiese colocado en mis estanterías. Es más, ni siquiera lo hubiera encargado si algún cliente me lo hubiese solicitado. Mi respuesta hubiera sido amable, pero negativa.

Considero que todo no vale a la hora de ganar dinero y si tomas una decisión, cualquiera que sea ésta, hay que ser consecuente y aceptar lo que ésta conlleve. Las grandes librerías no pueden ahora escurrir el bulto, pues han demostrado mucha falta de principios morales al situar el dinero, las ganancias, por encima de todo lo demás. El comercio lógicamente debe buscar los beneficios, pero no a costa de todo y el que lo haga, deberá sufrir las críticas y las consecuencias de la mala reputación.

Me pareció también espectacular, por otro lado, la rapidez con que se extendió la noticia y el efecto tan inmediato que tuvo este fenómeno. Obviamente esto sólo tiene validez en cuestiones que no atañan a determinados sectores de nuestra sociedad, que son intocables, entiéndase la banca y la política. ¡Ojalá pudieran tomarse decisiones de manera tan rápida y que beneficiasen a la sociedad también en estos sectores! Pero me temo que esto no es más que una quimera y difícilmente dejará de serlo.

Creo que lo más adecuado sería que la sociedad tratase de evitar todas aquellas cuestiones que generen conflictos, rechazos, marginalidad, que no ayuden a que los adolescentes puedan superar esta etapa de su vida sin más problemas añadidos, en una palabra, todo aquello que genere intolerancia. Suficiente tenemos ya en nuestra sociedad como para no evitar un mayor daño con la "libertad de expresión" entendida erróneamente.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Nochebuena

Hoy es 24 de diciembre, Nochebuena, y aunque no es la primera que paso fuera de casa, sí es la primera que paso absolutamente sola en casa. Y he de decir que es una sensación extraña.

Nunca me ha gustado la Navidad o, al menos, he olvidado cuando me gustaba, porque supongo que hubo un tiempo en que me gustó. Pero hace mucho que no, hace mucho que perdió para mí un sentido religioso o familiar, supongo que aquí tendrá mucho que ver el que mi familia sea tan pequeña y esté tan dispersa, que las cenas de Nochebuena o de Nochevieja no se diferenciaban mucho del resto de cenas. Quizá sólo en el hecho de que era mi padre quien se metía en la cocina a asar la pata de cordero, que nunca me gustó, y los nervios adicionales de mi madre ocupada todo el día en hacer mil aperitivos, entrantes y demás delicatessen que acababan sobrando para el día siguiente. 

¿Los regalos? Lo cierto es que disfrutaba yendo a comprarlos, pensando durante días qué podía hacer más ilusión a cada uno de los pocos miembros de la familia, envolviéndolos y tratando de que no los descubrieran hasta el 24 por la noche, aunque siempre hemos creído en los Reyes. Somos fieles creyentes de nuestra tradición, pero mis padres decidieron adelantar la fecha para permitirnos disfrutar de los regalos durante todas las fiestas. Y hemos mantenido nuestra particular tradición, sin hacer culto pagano al barbitas de rojo.

Aún así, los regalos no suponían para mí un aliciente a favor de la Navidad, seguramente porque mis padres aprovechaban las vacaciones de duración sustancial en el colegio para premiar nuestro trabajo durante el curso y regalarnos cualquier cosa que fuese educativa y que fomentara nuestras capacidades, cualesquiera que éstas fueran. Por tanto, la Navidad no suponía algo especial, o al menos nada fuera del interés normal de mis padres por fomentar nuestro aprendizaje.

La Navidad nunca ha supuesto para mí una alegría especial, siempre ha sido un poco más de lo mismo, aunque con la pérdida inevitable en el tiempo de la magia que pudo llegar a existir en la infancia. 

Por ello, unas Navidades fuera de casa eran algo emocionante, algo diferente. Ya había vivido una Nochebuena en un país extranjero, pero las circunstancias eran muy diferentes, para nada mejores que las de ahora, ya que mi máxima es "mejor sola que mal acompañada". Pero, ¿cuáles son mis sensaciones?

Lo cierto es que es un poco extraño. En realidad me gustaría acercarme en un momentito a mi casa, entendida ésta como la casa donde está mi familia, darles a todos un abrazo, compartir la cena que mi hermana y su marido habrán preparado con tanto amor, compartir las ocurrencias de mi inteligente sobrina, disfrutar del intercambio de regalos y los consiguientes "no tenías por qué haberme comprado nada", y volverme enseguida. Pero sé que si estuviera allí me aburriría y querría estar en cualquier otro lado. 

En realidad sé que el lugar no es el problema, lo que realmente me incomoda es la Nochebuena. Y es algo psicológico, ¿por qué tenemos que reunirnos necesariamente por Navidad? Personalmente no creo en nada religioso y mi familia hace mucho que tampoco le da un sentido religioso a estas fechas. Y disfruto muchísimo más cuando nos reunimos para celebrar un cumpleaños o uno de nuestros santos, algo que va en desuso pero que para mi pequeña y particular familia sigue siendo motivo de celebración, igualmente sin ningún tipo de connotación religiosa.

Pero la Nochebuena necesariamente hay que disfrutarla en familia, tienes que amoldarte a que el mundo (nuestro mundo) se para y se divide en infinitas partículas de muy pequeño tamaño y extremadamente cerradas. Y si no te gusta, te aguantas y tratas de superar estos días lo mejor que puedas, que son pocos y hay que tirar para adelante.

Hoy estoy sola en casa, en una casa que no siento mía, sin nadie con quien hablar, porque todos están ocupados; sin mucho que escuchar en la radio, porque está inundada de manidas canciones navideñas; sin mucho que ver porque las televisiones cuentan con que muy poca gente dedicará el día a ver la tele. Quizá por ello escriba, lo cual es positivo.

Sin embargo, y aquí aparece la contradicción intrínseca en el género humano, he cocinado algo especial para la cena y he abierto una botella de vino para acompañar. Una copa, no más. No merece la pena hacerlo sin nadie con quien compartir unas risas, pero sí he tenido una cena especial.

En el fondo y aunque nos empeñemos, estamos inmersos en un mundo del que no podemos escapar por las cadenas que nos atan a él.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Historia in-acabada

Todos los días escribía unas líneas en su pequeño cuaderno. Se lo había propuesto hacía unos años y con sorpresa, estaba cumpliendo su cometido. Desde que tenía uso de razón se recordaba con un lápiz en la mano y, lo que primero fueron garabatos, se fue transformando poco a poco en pequeños relatos de su vida.

"Hoy ha muerto pollito", escribió en una ocasión, "alguien no lo vio y cerró la puerta sin saber que en medio estaba él". Aquél diario que le regalaron siendo una cría fue llenándose de pequeñas historias cotidianas desde las más tristes a los resúmenes más elaborados de las películas que le impactaban. 

Y fue creciendo y con ella su pasión por escribir todo aquello que le llamaba la atención de manera positiva o negativa. Pero nunca se lo dijo a nadie, porque pensaba que en esos relatos se encontraba la esencia de su alma, algo tan suyo que no quería que nadie tuviese acceso a ello.

Y un día decidió escribir algo inventado, pero no supo qué, así que intentó utilizar su imaginación. Dio vueltas y más vueltas a la idea: "¿de qué puedo escribir?" y de repente se le ocurrió escribir la historia de un niño que se vería inmerso en un sinfín de aventuras y que le tocaría salvar a la humanidad cambiando con ello la historia del mundo. Se documentó, leyó libros sobre la época histórica donde quería situar a su personaje, leyó novelas que trataban temas similares, y disfrutó muchísimo mientras lo hacía. Se sentía una escritora.

Escribió varias páginas, lo cual era todo un logro, ya que nunca había pasado de unas líneas, pero la madurez y el exceso de responsabilidades hicieron que frenase su creación. Durante varios años quedaron aquellos folios guardados en un cajón, sin que ni siquiera los vagos recuerdos hicieran que volviese a aquella historia en la que tanto empeño puso.

Y de repente conoció a alguien. Fue de casualidad, de esas casualidades que realmente son causalidades, pues simplemente los unió lo que ella creía que era un interés común. Luego supo que además de aquella razón, había otras por las que él había acabado llegando al lugar donde se conocieron. Pero en realidad daba igual, lo importante es que esta persona le impactó. Llevaba mucho tiempo rodeada de personas insulsas y de repente apareció en su vida una persona con la que podía hablar de los temas más diversos, alguien de quien aprender, con quien reír y con quien ser ella misma. Con él aprendió la diferencia entre ironía y sarcasmo y descubrió algunas facetas de su personalidad.

Y este encuentro inesperado hizo que retomase aquel relato, aunque de manera precipitada, porque quería mandárselo para que él lo valorase. No se tomó el tiempo necesario para darle una continuidad apropiada y el relato acabó convirtiéndose en un amasijo de palabras con un final sobrevenido.

Las críticas fueron las apropiadas: el relato no tenía por dónde cogerse, le faltaba mucho trabajo o cualidades personales. Y estuvo de acuerdo con ello. Sabía que lo había hecho de manera precipitada y sabía que no era su manera de hacer las cosas. Por ello, le ofreció la lectura de otros relatos cortos que había escrito varios años antes. Y estos sí le gustaron. Debía mejorar su prosa, evitar esa tendencia a utilizar los gerundios de manera incorrecta, ese trasfondo del inglés que se notaba en sus expresiones, pero tenía jugo.

¡Qué feliz se sintió! ¡Había hecho algo bien! Mejorable, pero interesante. Y aquello la animó a escribir sin parar. Se pasaba las noches sin dormir porque se le venían a la cabeza historias que contar y, sin saber muy bien por dónde iban a acabar, se disponía a expresarlas con palabras. Incluso se permitió el lujo de experimentar con la escritura, pasando a escribir un relato desde el final al principio, lo que supuso un gran reto.

Y cuando más animada se sentía escribió una historia en cuatro horas. Era una historia que simplemente surgió de la nada y tomó forma poco a poco. No se fijó en la prosa, sólo escribió lo que sus dedos querían expresar y cuando la acabó fue capaz de dormir. Al día siguiente la leyó y lloró de emoción, aun sabiendo el final. Se la dejó a leer a dos amigos íntimos y los dos le dijeron que habían llorado al leerla. Se sentía pletórica, pues había sido capaz de expresar emociones hasta el punto de arrancar lágrimas en los lectores.

Así que decidió enviársela a su amigo quien, con buen juicio, le daría los mejores consejos para mejorarla y su más sincera opinión. Pero nunca pensó que la respuesta iba a ser tan dura. Recibió un amplio correo que le impactó con cada una de sus palabras, aunque lo que más le afectó fue que le dijera que no era una historia original, que había hecho uso simplemente de la sensiblería para contar una historia más que manida. No fueron críticas constructivas, o al menos no las sintió como tal, y se hundió.

Jamás le contó el impacto que tuvieron sus palabras, cómo llegó a aparcar la escritura durante años, sintiendo que no servía para eso y que había estado engañándose intentando hacer algo para lo que ni en siglos llegaría a estar preparada. Y lo olvidó.

Pero con los años descubrió que el problema no había sido este caballero que simplemente había dado una opinión, acertada o equivocada, o quizá ni una cosa ni la otra, porque era una opinión subjetiva. Había abandonado una pasión simplemente por una opinión negativa, sin pensar en las opiniones positivas de otras personas, ¿no entendidas? En realidad eso daba igual. ¿Qué literatura es buena y cuál es mala? Acabó llegando a la conclusión de que toda literatura, sea cual sea, es buena. La persona que escribe un relato, sea  cual sea su extensión, pero que contenga un principio, un desarrollo y un final, tiene su mérito; ya sea una prosa mejor o peor, o ya sea original o no, ya le guste a un ochenta por ciento de la población o sólo a un dos por ciento.

Descubrió que ella debía ser su única crítica y, más allá, descubrió que debía hacer las cosas porque le apetecían, porque disfrutaba al hacerlas, más que por el resultado. Y descubrió que nunca se puede contentar a todo el mundo, pero que eso da igual, siempre que se ponga ilusión y empeño en lo que se hace.

Y se obligó a volver a escribir, a volver a disfrutar haciéndolo, independientemente del resultado.

Le costó mucho volver a hacerlo, le costó confiar en las personas para que leyeran sus historias, pero lo hizo y se sintió bien.

martes, 29 de noviembre de 2011

Piedras y fango

Aún no sé qué pasará mañana, si se dejará convencer o no, si le moverán los sentimientos o si se dejará llevar por el instinto de protección de lo propio. No sé cómo reaccionará, pero ahora mismo la cosa pinta fea.

Y seguramente todo tendrá un sentido, probablemente algún día lo descubriré, pero se hace muy duro caminar por esta vía empedrada y vieja, con los adoquines descolocados y que no hacen más que entorpecerme el camino y hacerme caer, una y otra vez, sin tregua. Y para colmo llueve, la tierra depositada entre las piedras se hace fango y mis pies se quedan pegados, me cuesta trabajo levantar las piernas y seguir caminando.

Pero sigo. Las gotas de lluvia cubren mi rostro y no logro distinguirlas de mis lágrimas. Si al menos apareciera alguien que me tendiera su mano y me sacara de este camino llevándome al de más allá, donde parece que no llueve tanto o que no tiene tantas piedras.

No. Debo seguir, aunque sea sola. En el fondo, la fuerza que tengo que emplear para despegar mis pies del fango hace más fuerte mis piernas y llegará un momento en que consiga caminar con comodidad incluso por los peores caminos. Pero antes debo aprender a no mirar sólo al suelo, no centrarme en las piedras y el barro. Tengo que aprender a mirar para adelante, quizá así consiga divisar el punto en el que tomar otra dirección, otro camino que me está esperando, más sencillo, quizá hasta con autobuses que me lleven sentada, quizá al lado de alguien, desconocido o no.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Se cayó el bozal

Qué susto. Pensé que había perdido mis habilidades, pero no, hoy me he dado cuenta de que sólo estaba jugando en un campo nuevo y además llevaba un tiempo sin entrenar. Pero hoy he goleado y he salido del campo por la puerta grande, con una gran sonrisa de satisfacción en mis labios.

A veces me siento frustrada, porque la vida me dirigió a intentar conseguir metas en un terreno que en absoluto dominaba, pero no me achanté, sino que decidí tirar hacia adelante e intentarlo. Pero claro, por muy valiente que pueda llegar a ser, las dificultades a veces lo hacen todo cuesta arriba y cuando no se consiguen las cosas en las que una estaba acostumbrada a destacar, aparece la frustración. Y muchas veces me he preguntado si no me equivoqué al elegir.

Hace poco más de tres años me vi en la disyuntiva de elegir entre dos caminos: podía caminar hacia el lugar donde me sentía cómoda, con las dificultades normales de iniciar una nueva vida en un nuevo país, o hacia otro lugar donde a estos obstáculos habría que añadirles una carencia en mis conocimientos. Lo que me hizo decantarme hacia la opción con mayor dificultad no fue precisamente el masoquismo, ni porque sienta alguna atracción especial por el riesgo. La principal razón fue un consejo que alguien me dio: si tiras por el lado complicado, te diferenciarás y tendrás más opciones en el futuro. Ya veía difícil un futuro, cualquiera que fuera éste, así que si algo en el presente me lo podía hacer un poco más llevadero, preferiría pasar las dificultades ahora para después disfrutar de las bondades de la "buena vida".

¿Me equivoqué? Pues no lo sé y creo que nunca lo sabré, ocurra lo que tenga que ocurrir en el futuro, es decir, sea éste más o menos complicado. Ya incluso da igual.

Lo curioso es que sin proponérmelo, sigo intentando el lado complicado, aun cuando tengo opciones en el lado sencillo. Y cuando me doy cuenta de ello, me paro en seco y me pregunto por qué mi mente actúa de esta manera. Cuando tomé la decisión no era masoquista, pero ahora sí me planteo la posibilidad de haberme convertido en uno de ellos. ¿Hasta tal punto me ha afectado mi vida en Alemania?

De cualquier forma, hoy ha sido un día especial. Durante mi vida "normal" de currita en España desarrollé una serie de habilidades comunicativas y de otras características, que me permitieron acceder a lo que buscaba. Nunca tuve grandes pretensiones, ni nunca tuve una opinión de mí misma superior a la realidad (quizá más bien al contrario), pero conseguía convencer.

Cuando llegué a Alemania todo aquello se esfumó por arte de magia. Mis capacidades comunicativas estaban más que mermadas y durante mucho tiempo me he sentido una discapacitada. Pero hoy ha sido diferente. Mis habilidades comunicativas han vuelto, he conseguido utilizar mis estrategias, las que empleaba en España, con mi lengua materna, y finalmente he vuelto a convencer, mostrando una gran seguridad en mí misma. Me lo creía y conseguí expresarlo de tal manera que ella también lo creyó.

No sé si me equivoqué al tomar aquella decisión, si quizá ahora estaría en otro lugar del mundo con una vida más estable. Lo único que tengo claro ahora es que no he tirado por la borda tres años de mi vida.

lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Emigrante o con anhelo de aprender?

Hoy también parece que nos ha querido visitar el sol y ya son varios días, lo que me hace pensar que se siente a gusto en este rinconcito del mundo. Y me ha alegrado la cara; no me podía imaginar que mis ojos tuvieran dificultad para mantenerse totalmente abiertos como es lo habitual aquí.

Cuando llegué no había más que neblina a mi alrededor, era ausencia de lluvia, sí, pero igualmente triste, sobre todo para una persona sureña como yo, procedente de la Costa de la Luz. ¡Qué mal acostumbrados estamos! Pero no hay más que salir un poquito más allá de Despeñaperros para darse cuenta de lo afortunados que somos allí, en el punto más al sur de Europa, donde tantos han pasado dejando parte de su esencia.

Ahora soy yo la que he partido a otros rumbos y no siento nostalgia, quizá por haberlo elegido y no ser una imposición. En realidad me siento afortunada, aunque valore tanto aquello que representa mi Heimat, como dirían los alemanes para referirse al concepto de patria, no entendida como país, sino como lugar de origen, donde te sientes anclado aunque sea sólo con el corazón. Y siento que soy una privilegiada porque no sólo he mamado una cultura conformada por lo mejor de muchas, sino que ahora me empapo de otras nuevas y estas experiencias quedarán en mi persona de manera indeleble, incluso las buenas.

Qué suerte poder disfrutar de la salida del sol, qué alegría sonreír al contemplar a alguien sonriendo por la calle, o al escuchar una palabra en español de alguien que se cruza en tu camino. Estar fuera de tu mundo supone estar atento a lo más pequeño, a lo que se te pasaba desapercibido mientras caminabas con la seguridad que aporta lo conocido. Comenzando una vida en un lugar desconocido, sin conocer a nadie al que puedas acudir, ya sea ante problemas o ante un espontáneo sentimiento de soledad, hace que uno crezca interiormente y supere barreras que de otra manera siempre nos coartarían ante distintas facetas en la vida.

No sé si he llegado a superar todas mis barreras, pero sí soy consciente de haber superado algunas y eso me basta.

¿Cuánto tiempo durará mi viaje? Eso no lo sé y ni siquiera creo que quiera saberlo, ¿para qué saber el final del libro cuando todavía quedan tantas páginas por leer? No está en mí adelantarme a los acontecimientos, prefiero seguir caminando por estas hojas y descubrir cada día las nuevas líneas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Abrir los ojos

Y volvió, no sin antes descansar unos instantes en su viaje, el tiempo justo para encontrarlo. Llevaba tiempo buscándolo y allí estaba, delante de sus ojos. Y había estado ahí desde hacía mucho tiempo, aunque hasta entonces no se había parado a mirar.

Pero le entró miedo y no lo recuperó, pensó que era mejor aferrarse a esa idea que había ido formando en su cabeza durante algún tiempo. Ésta le proporcionaba la seguridad de lo conocido y no el vértigo de lo desconocido, aunque hubiera temblado de emoción al encontrarlo. Así que siguió su camino dejándolo apartado, se había fijado un destino y se había imaginado que allí le esperaba su vida futura, aunque eso tampoco lo tenía muy claro, porque llevaba un tiempo debatiéndose entre esta ilusión y la intuición de que su tiempo allá estaba próximo a un fin. Como siempre, se quedaba con los pensamientos y sensaciones positivas, o que creía que eran positivas, y descartaba el resto. Así era todo más fácil.

Al llegar se encontró la lluvia, las nubes de un tono gris sombrío rodearon su existencia y sintió frío. Ya no sentía las mismas sensaciones que las dos veces anteriores, se sentía una extraña, ahora que tan bien conocía el destino. Su sonrisa desapareció y de repente vio aparecer algunas lágrimas en su rostro, sin entender bien qué le hacía llorar.

A los tres días lo entendió: debió haberse parado, recoger lo que llevaba buscando, y tomar otro camino. Pero pensó que no era tarde, que podía disfrutar de su elección final, que nunca es equivocada, aprender de ella y tomar un nuevo rumbo que le llevase a nuevas experiencias. 

Quizá aún podía aprovechar la oportunidad que le estaba brindando la vida... y a ello se lanzó.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Volver

No sólo vuelvo a mi rinconcito, al que he apartado de mi rutina diaria durante algo más de un mes, también vuelvo al lugar donde me están esperando experiencias nuevas, mucho aprendizaje y un sinfín de historias que ocuparán interminables horas de mis deliciosas conversaciones skypeanas. 

Estoy deseando volver, para abrazar, para comprobar, para sonreírle, para salir de dudas y para pasar página o empezar a escribir el nuevo libro. Esta incertidumbre de mes y medio no ha calado en mí de manera negativa, ha ido más bien perfilando sonrisas en cada momento en el que aparecía su rostro en mi imaginación, juguetona compañera que con tanta frecuencia le gusta recordar momentos especiales y adornarlos con una continuación ideal, no ocurrida, pero que no por ello deja de producirme el mayor de los deleites.

¿Qué me depararán estos meses en Heidelberg? En poco más de una semana lo sabré y empezaré a disfrutarlo, independientemente de lo que sea, porque estoy convencida de que todo, absolutamente todo, ocurre para aportarnos algo positivo en nuestra vida, aunque lo percibamos de manera contraria. He aprendido en mi corta y larga vida al mismo tiempo, que las mayores desgracias, y de estas puedo hablar por haber tenido diversas experiencias que se pudieran calificar como tal, pueden llegar a ser las mayores bendiciones.

Siempre comparo la vida, o más bien las experiencias que se van sucediendo en ella, con un parto. Si escuchamos la palabra parto, lo lógico será tener un primer pensamiento positivo: el nacimiento de un nuevo ser que, aun en los casos de bebés no deseados, produce tanta ternura por encontrarse tan desvalido que no se puede evitar esbozar una sonrisa. Sin embargo, para llegar a acunar en nuestros brazos a un recién nacido y disfrutar así de ese momento de inicio vital, su madre ha tenido que pasar por un trance más o menos doloroso, dependiendo de las circunstancias y del nivel de asunción del dolor de cada mujer, pero que al fin y al cabo, no es fácil ni placentero. Pero parece ser que al final merece la pena.

Pues la vida es así, cada experiencia positiva requiere un esfuerzo previo, unas molestias, supongo que para que no sólo disfrutemos de ellas, sino que aprendamos algo en el camino, el cual es tan satisfactorio, o incluso más, que el resultado final.

Eso sí, mi parto se está prolongando más de lo que me gustaría. Quizá sea porque no he sabido encontrar todavía la lección a aprender y aún no estoy preparada para sostener en mis brazos al nuevo "bebé". Quizá porque me haya entretenido con otras cosas y no me haya concentrado en el acto de parir. Sea cual sea la razón, creo que ya va siendo hora de salir de este hospital y volver a casita con mi niño en mis brazos.

Volver... y a casita...

martes, 4 de octubre de 2011

¿Compartir la felicidad?

A veces me pregunto porqué me entra más inspiración cuando estoy en momentos difíciles. Es en esas épocas cuando mi cabeza necesita sentarse delante de esta pantalla y comenzar a escribir, imagino que con la secreta esperanza de expulsar todo aquello que llega a hacer daño. Sin embargo, cuando la vida me hace sonreír, se me olvida el inmenso placer de la escritura.

¿Debo pensar que compartir las alegrías hace feliz a los demás? La realidad me hace pensar que no siempre es así. A veces siento que si comparto un momento de felicidad, recibiré una respuesta agradable, pero falsa. Es muy triste, pero no menos cierto que para algunas personas el éxito de los demás supone un fracaso personal, lo cual no supone más que un gran absurdo, ya que los éxitos personales no son más que éxitos para uno mismo y no influyen en los fracasos ajenos, con lo cual, la única opción coherente sería la de alegrarse del bienestar de todos aquellos que nos rodean: cuanto más feliz sean las personas que habiten el mundo, mejor será éste.

Pero cuesta un trabajo inmenso huir de la envidia, que genera una negatividad preocupante. ¿Por qué siempre queremos lo que tienen los demás? La felicidad es muy relativa, podemos estar radiantes un día, porque algo nos ha salido bien o hemos tenido una buena noticia, pero eso no quiere decir que nuestra vida sea un camino de rosas, por lo tanto, volvemos de nuevo a caer en el absurdo si ansiamos lo que los demás tienen, ya que quizá si analizamos el conjunto de su existencia podríamos dejar de desear cambiar la nuestra.

Ese es el problema principal: tener una visión reducida y no ampliarla al conjunto. Ese y no saber disfrutar de cada pequeño detalle de nuestra existencia. 

Quizá el secreto sea empezar a ver en los triunfos de los que nos importan nuestros propios triunfos, en compartir con una sonrisa todo aquello positivo en la vida de los demás, porque si los que nos rodean están felices, nosotros también lo estaremos, y llegará un momento en que seamos nosotros los que compartamos los pequeños caramelos que nos vamos encontrando por nuestro camino y que nos endulzan nuestra existencia, la nuestra y la de todos aquellos que nos quieren incondicionalmente.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Cayendo de la cima

¿Qué significa perder? Dejar de tener lo que una vez se tuvo. Pero esta afirmación se puede leer de dos maneras. Si lo hacemos en la manera normal, nos quedaremos bloqueados en el primer concepto "dejar de tener". Aunque sigamos leyendo, el resto no importará y nos quedaremos inmersos en la pena. ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí? Esta pregunta y otras similares harán que dejemos de ser conscientes del resto de las palabras que componen la definición, porque no seremos capaces de encontrar una respuesta.

A veces se pierde porque no estaba para ti, otras veces porque has cometido un error y en muchas ocasiones se pierden cosas de manera fortuita o porque sencillamente tenía que pasar. Y no es menos cierto que perder nos produce dolor, en mayor o menor medida, pero también debemos pensar en la otra manera de leer la afirmación.

¿Qué ocurre si la leemos al contrario? Si empezamos por el final nos encontramos con "una vez se tuvo". ¿Lo maravilloso de la vida no es saber que estás vivo? Y estar vivo implica tener cosas, tener sentimientos, experiencias, vivencias de todo tipo. Si lo tuviste una vez, es porque disfrutaste de ello y no todo el mundo puede decir que ha tenido. Vivir implica intentarlo, subir la cuesta, pensar que se va a poder hacer e ilusionarse con ese momento feliz en el que tocarás la cima, pensando que será eterna, aunque luego dure un segundo y caigas de nuevo. Las caídas nos hacen fuertes, aunque no por ello duelen menos. Todas duelen igual o incluso más que la anterior, porque las magulladuras se van acumulando y porque con la edad no dejamos de tener sensibilidad, sino que la aumentamos.

Pero, ¿no es mejor haber tenido que nunca haber sufrido? No sufrir implica ausencia de experiencias, porque todas las experiencias tienen un punto de amargor, mayor o menor.

Y mientras nos lamemos las patitas, sólo hay que pensar en seguir adelante y ansiar encontrarte con la próxima subida a la cima, para comenzarla con ilusión y muchas ganas, que será lo que nos haga felices, aunque no lleguemos a entender en toda la vida porqué hay tantas subidas que son tan breves, pero cuyas caídas son tan fuertes.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Mis ojos, tus ojos

Qué raro se hace cuando alguien, en un momento de debilidad y necesitando ser escuchado, te cuenta exactamente lo que tú tantas veces has sentido, y acabas encontrándole un punto de absurdo o incluso se te ocurren ideas para animarle.

Eso me pasó ayer y me ha dado hoy mucho en qué pensar. Todo lo que me decía, podía haber salido de mis labios, y estoy convencida de que en más de una ocasión así ha ocurrido. ¿Dónde está el problema, pues? ¿No es cierto lo que siento? ¿O quizá ni yo me creo los consejos que di? Quizá ni una cosa ni la otra, sino un término medio, pues todo es muy relativo.

Creo que el origen de todo está en nuestro afán por culpar al mundo de todo lo que no nos gusta. También podría decir que un origen lógico es nuestro inconformismo crónico, pero inconformismo que no nos mueve a actuar, sino a paralizarnos. Al menos a mí y a la persona que decidió compartir sus sentimientos conmigo.

Quizá haya encontrado la horma de mi zapato: aquella persona que piensa como yo, que tiene mis mismos miedos y que lo pasa día a día tan mal como yo. Y cuando se comparaba conmigo, cuando quería demostrarme que lo que me decía era real, pues él lo pasaba peor que yo, porque yo tenía más suerte que él, mis palabras trataban de demostrarle lo contrario. ¿Y cuál era la razón? ¿Era para hacerle sentir a él mejor o era quizá para seguir convencida de que mi vida no es fácil? De cualquier forma, estoy convencida de que no es sano tener esa convicción, pues quejarnos, llorar, sentirnos desdichados, no sirve para absolutamente nada, especialmente en cuestiones de sentimientos, pues nadie es capaz de entendernos. Quizá ni nosotros mismos.

Yo no supe entender a este chico, al menos no supe entenderle al cien por cien, pues traté de hacerle ver que no era la persona más desdichada del mundo, sino que todos y cada uno de los seres de este planeta tienen malas rachas, más o menos prolongadas en el tiempo. Pero, ¿por qué no me aplico esa misma historia a mi vida? ¿Por qué traté de convencerle de algo que yo no soy capaz de creer cuando bajo al pozo? ¿Quizá porque no me sirve el "mal de muchos..."?

Todo esto me hace pensar que somos los únicos que podemos ayudarnos, nadie más, ni siquiera aquella persona que sea más afín a ti. Podemos apoyarnos en los demás, en los que nos lo permitan, pero sólo nosotros podemos echar a andar y ver la vida con otros ojos.

lunes, 29 de agosto de 2011

La rosa y mi abeja

A veces la mente es extraña y genera miedos de donde no debería. ¿O no es así cuando la rosa siente miedo de que su abeja no vaya más a posarse en sus pétalos porque no necesita su néctar? Ese es un miedo irracional: si no me necesita, ya no me querrá.

¿Verdaderamente queremos que nos necesiten? No debería ser así, pues mucho más bonito es el amor altruista que el originado por la necesidad, pero si la rosa se siente menos que el resto, no logrará convencer a la razón para que sea más fuerte que su corazón y destierre los miedos a ser abandonada.

Y esa abeja, ¿abandonará a la rosa después de ir a posarse en sus pétalos cada día con la simple intención de compartir un poco de su vida con ella? Pues nadie puede saberlo, ni siquiera la propia abeja, con lo que puede pasar y puede que no pase, pero la rosa tiene miedo y no sabe qué hacer para salir de esa sensación. La abeja tiene tantas rosas a su alrededor, tan bonitas, más o incluso menos que ella, que podría elegir cualquiera para ir a pasar la tarde.

¿Por qué la elige entonces a ella? Esa es la pregunta que la rosa no sabe responder y la que le hace sentir miedo y que cada mañana acompañe las gotas de rocío con algunas lágrimas de inseguridad e incertidumbre. La rosa no quiere estar sola, quiere estar acompañada y especialmente por su abeja, la mejor de todo el panal, a la que conoció un día de casualidad y quien le robó el pequeño corazón.


sábado, 27 de agosto de 2011

La sonrisa

Hoy ni siquiera esas gotas de lluvia que han decidido compartir este espacio del mundo conmigo me hacen dejar de sonreír. Si miro a través de la enorme ventana de mi habitación, veo el cielo gris, en muy distintos tonos, pero si miro aquí dentro también veo mi camisa gris, que no por su color deja de ser una de mis favoritas.

Estos días son los que me hacen comprender que el prisma desde el que nos tomemos la vida es fundamental para sonreír o, por el contrario, dejar que esas gotas de lluvia entren en lo más profundo de nuestro corazón y recorran el camino hacia nuestras mejillas dejándonos un semblante triste.

Todo es relativo, hasta lo más gris. Todo nos puede hacer sonreír, incluso lo más triste. Y hasta las personas más pesimistas, pueden encontrar el motivo para sonreír y hacer feliz al que les rodea compartiendo esa mirada alegre.

¿Es posible que pueda llegar a ser la causa de que cierta persona salga de la apatía? ¿Es posible que la vida me conceda ese inmenso placer? Ansío abrazar la vida, aun con las pocas cosas que esté dispuesta a regalarme en estos momentos. Sé que es un juego y me apetece jugar a encontrar mi sitio, aunque me cuesta más de lo que a veces podría ser divertido. Pero hoy quiero jugar, hoy quiero decirte que sigas dándome pistas y nos divirtamos las dos en el camino.

domingo, 21 de agosto de 2011

Después del amor viene la soledad...

El título de esta entrada es parte de un poema que acabo de escuchar, que afirma que lo más parecido a la felicidad con minúscula (pues con mayúsculas no existe) es la soledad, porque después de las grandes situaciones llega la soledad.

Es posible que sea cierto, que cuando algo acaba, aparece la soledad, de manera más o menos prolongada en el tiempo, pero ¿qué es la soledad? No podría asimilar mi concepto de soledad con el de la felicidad, quizá porque mi periodo de soledad se ha extendido de manera excesiva. Para mí la soledad no es estar rodeado de gente, no es no tener a quien llamar para tomar un café o ir a dar un paseo, para mí la soledad es no tener a nadie que te ame, que piense en ti, o, especialmente, alguien en quien pensar y a quien amar. Para mí la existencia de esas personas que pueblan nuestras vidas de manera temporal y superficial, sin sentimientos detrás, no eliminan el sentimiento de soledad, ni siquiera lo mitigan, quizá lleguen a producir el efecto contrario.

Hay momentos en la vida en los que toca lidiar con situaciones complicadas, como vivir en una ciudad desconocida, en un país desconocido, geográficamente lejos de todo aquel que nos profesa amor; pero aún en esas condiciones de aparente soledad, uno puede no sentirse solo. Y probablemente sea por sentir un gran amor procedente de determinadas personas lo que hace que se eliminen las distancias físicas y sólo existan energías que caminan juntas por la vida.

Ha salido el sol y me está invitando a caminar por la vida. ¿Sola? No lo sé, quizá aunque simplemente sea por los personajes de un libro que se han vuelto mis últimos compañeros de viaje, no iré sola y eso me hace sentir bien.

viernes, 19 de agosto de 2011

Somos uno solo

Después de unos cuantos días de ausencia bloguera, hoy vuelvo a mi rinconcito. Hoy es un gran día, por ninguna razón en especial y por todas. Porque la vida no es fácil, para nadie, aunque a primera vista nos pueda parecer lo contrario, pero si escarbamos un poquito y dejamos de limitarnos a la superficie, veremos que todo el mundo tiene alguna faceta en su vida que le hace más complicado seguir caminando, aunque lo haga, con sonrisa o sin ella, porque hay personas que aun en la adversidad, se crecen de tal manera que son capaces hasta de mostrar la mejor de sus sonrisas. A estas personas las admiro.

Pero también es cierto que aunque la vida sea complicada, de vez en cuando aparecen ráfagas de viento fresco, con un olor maravilloso, que te hace cerrar los ojos, respirar profundamente y evadirte por unos instantes. Yo he aprendido a disfrutar estas sensaciones aun con las ráfagas que les llegan a los más cercanos a mí, y he llegado a ser capaz de sentirlas como mías, compartiendo esa emoción profunda que imagino que una madre siente con las alegrías de su hijo. No sé cómo lo he conseguido, porque no he hecho nada por ello, pero creo que el secreto está en amar por encima de todas las cosas, a pesar de todo, y de manera incondicional.

Así quiero yo a determinadas personas que la vida tuvo a bien poner en mi camino, y no me refiero ya a mi familia, a la que adoro con todo mi ser, sino a estas personas que me conceden la grandeza de compartir sus vidas conmigo y así dejarme participar de cada momento de felicidad que puedan llegar a vivir. Desgraciadamente sus vidas tampoco son fáciles, pero justo en los últimos días han percibido esas ráfagas frescas, cargadas de un aroma maravilloso y ahora me hablan con una sonrisa sincera y que nace del corazón.

Ojalá pudiera yo hacerles vibrar a ellos con mis alegrías en el modo en que yo lo hago con las suyas.

viernes, 5 de agosto de 2011

Y siempre hay una primera vez...

Uniendo esta entrada con la primera de este blog, se me viene a la mente ese título "Y siempre hay una primera vez...", porque efectivamente, eso me ha pasado.

Llevo en mi haber más de cien vuelos, fundamentalmente en los últimos cinco años, y podría contar un sin fin de historias, pero entre ellas y, hasta ayer, no se incluía ni una maleta perdida o rota, ni un retraso importante de los vuelos. Pero como estaba tentando a la suerte demasiado, eso sí, la reducía al evitar conscientemente los vuelos operados por Iberia, el día 3 de agosto de 2011 esta racha llegó a su fin.

Mi primer vuelo se retrasó tanto que los buenos de Iberia decidieron darme otra combinación de vuelos, con otras dos compañías, que en la práctica resultaba imposible de realizar, con lo que ya de antemano me estaban condenando a alargar mi viaje innecesariamente. No sé si por desconocimiento e ineptitud o porque había adquirido mi vuelo a través de puntos y automáticamente perdía la condición de "pasajero a contentar".

De cualquier modo, transcurridos los primeros minutos de nerviosismo en los que supe que el primer vuelo llevaba mucho retraso y que seguramente no podría llegar a tiempo para el siguiente, comprendí que de nada servía enfadarme. Y me lo hizo notar el pobre empleado que le tocó lidiar con los pasajeros. Cuando vi su cara y me respondió con ojos que imploraban comprensión, entendí que él poca culpa tenía de todo ello y que si le ahorraba una mala contestación, le haría un poquito menos sufrida su mañana. Pero además, yo misma me sentí más calmada y decidí tomarme la situación con humor.

Finalmente tuve que hacer noche en una ciudad francesa y al día siguiente pude llegar a mi destino. Eso sí, tuve muchos momentos de risa interior, que me hacían mostrar una sonrisa en mi rostro. ¿Por qué? Muy sencillo, interiormente, mi ser no estaba contento con mi traslado, obligado en parte por las circunstancias, y esta situación, molesta en principio, simplemente atrasaba mi llegada y, además, podría contar una aventura más entre las muchas que me han ocurrido a lo largo de la vida. Pero, por si fuera poca alegría todo ello, seguramente tendría derecho a una indemnización económica, que nunca viene mal y más en tiempos de crisis.

¿Podía pedir más? Iberia me estaba regalando sonrisas, una visita fugaz a Marsella, la experiencia de volar con Lufthansa y algo de dinero. La única pena era no poder disfrutar mi aventura con nadie, pero sólo en el momento, porque luego pude compartirla con todo aquel que me quiso escuchar.

De todo ello he aprendido muchas cosas. Por ejemplo, que me da rabia ir a Francia y no poderles entender una palabra, además de no poderme comunicar con ellos. ¿Debería aprender algo de francés? Seguramente sí. Me pondré manos a la obra. Por otro lado, he aprendido una lección muy importante: todo en esta vida, absolutamente todo, puede mirarse con ojos de enfado y tristeza o con ojos de alegría, todo depende de tu actitud ante el suceso. Y lo dice alguien que lleva los últimos dos años mirando las cosas con ojos de tristeza, cuando mis ojos siempre han irradiado alegría, hasta en los momentos más duros.

Debemos buscar el lado amable de las cosas, que aun en las más duras, si escarbamos con conciencia y realmente convencidos de que queremos encontrarlo, lo conseguiremos. Y hay que olvidar el sentimiento de resignación. No debemos resignarnos a nada, sino buscar la positividad de todo, los beneficios que vamos a obtener de cada situación que acontezca, aunque sea simplemente que de repente asomó una sonrisa en nuestros labios.

Y vivirlo, rodearnos de amor y de humor, disfrutarlo y compartirlo.


domingo, 31 de julio de 2011

¿Hay algo más bonito que compartir la felicidad?

A veces me quedo maravillada de la capacidad de nuestra mente para encontrar la salida a aquellos laberintos en los que nos empeñamos en entrar. Y si no la salida, al menos consigue hallar sensaciones y pensamientos que nos hacen sobrellevar mejor determinadas situaciones complicadas.

Eso es lo que me ocurre hoy. Después de un tiempo en el que la frase que más se repite en mi interior es "¿por qué?" y a la que no consigo dar respuesta, aunque tenga la convicción de que si atisbara a vislumbrar el sentido, podría llegar a comenzar ese camino por el que debo andar; después de este periodo de incertidumbres, de obstáculos y de sinsentidos, hoy siento felicidad en mi interior. Pero esa felicidad no procede de una circunstancia personal, alguna información positiva que me traiga al mundo de luz, simplemente se ha producido por la felicidad de quienes me rodean. Y por ello me siento doblemente feliz, porque puedo llegar a disfrutar casi como si fueran míos, los éxitos de los demás, quizá no de todos, pero sí de aquellas personas que han dejado su marca en mi corazón.

Por ello no puedo dejar de agradecer a la naturaleza humana que sea tan generosa, que nos permita compartir hasta las alegrías más remotas y hacerlas nuestras, colocando una gran sonrisa en nuestro rostro y rodeándola de un gran amor.

Me siento querida, siento que quiero y eso es suficiente para afirmar que la vida es muy bonita, aunque a veces esté un poco oscurita, aunque a veces no lleguemos a comprender el porqué de las cosas. Todo lo negativo acaba, tarde o temprano, y además, conseguimos olvidarlo; pero ello no ocurre con lo positivo, que aunque también tiene fecha de caducidad, se mantiene perennemente en nuestro interior, para ayudarnos a seguir caminando.

viernes, 22 de julio de 2011

No me estanques...

No me encuentro en el olvido, más bien al contrario, estoy en un mar de recuerdos del que no quieren que salga, pero no sé si yo quiero seguir ahí. Podría mirarlo de manera positiva, sigo formando parte de los recuerdos, gratos en su mayoría, de determinadas personas, que se resisten a borrarme de sus vidas, pero la realidad es mucho más profunda y me hace sentir vacía, pues me siento estancada en esos embalses recónditos, en los que me mantienen sin ninguna intención de avance.

Quiero que fluya el agua, quiero convertirme en un río de vida, porque lo estancado es insalubre, a menos que lo cuides diariamente y te esfuerces en que no entre el menor atisbo de suciedad. Pero el mundo, la gente es perezosa y ni siquiera se plantea la necesidad de ese avance, con lo que me ofrecen, con la mayor naturalidad, la permanencia en las aguas estancadas, cubiertas de flores, eso sí, pero flores de plástico, que no se marchitan pero que no huelen bien, que no tienen vida y que no aportan felicidad a mis días.

Gracias por recordarme, pero quiero más, o el olvido. No quiero que se repita el pasado, quiero crear cada día un presente y disfrutarlo gritándolo al mundo, no quiero ser una gota de agua escondida para que nadie me vea, gota de agua que cae y se mezcla con el asfalto. Me siento río y quiero ser un río que corra con fuerza con un gran cauce, porque es lo que siento, y quiero fluir contigo de mi lado, sin esconderme, sin ser segunda, sin ser un juguete. Quiero sentirme la primera, la única y que tú seas mi único y mi primero.

jueves, 7 de julio de 2011

Uno se puede sentir orgulloso de ser comunista

Hoy estoy menos personal y más social, y es que he leído una noticia en el periódico en la que personalidades reconocidas del PSOE comentaban que la izquierda debía reinventarse. Y no puedo estar más de acuerdo.

Hace ya mucho que la izquierda desapareció en nuestro país y en casi todos los países de este mal llamado primer mundo, y es una auténtica desgracia. La izquierda no tiene cabida en nuestro mundo capitalista, ni cabida ni ganas de seguir luchando, pues se ha acomodado en los sillones acolchados que ofrece el dinero en exceso.

"El comunismo es un fracaso", esgrimen los que defienden el capitalismo. Pero, ¿quién puede demostrarme que el capitalismo ha funcionado? Estamos en una crisis profunda, lo que demuestra que el capitalismo falla, no es infalible y genera unas terribles diferencias sociales. El comunismo no puede ser desechado como sistema ineficaz simplemente por el hecho de que determinadas dictaduras se han apropiado sencillamente de la palabra, creando pseudo-comunismos que oprimían al pueblo y beneficiaban a unos pocos. Pues eso se parece más al sistema capitalista actual.

El comunismo funciona, y lo podemos ver en algunos ejemplos como el caso de Marinaleda, población andaluza donde la igualdad es la base y donde se ha eliminado la corrupción entre aquellos que ostentan la organización de la comunidad.

Es la corrupción la que arruina cualquier empresa que se acometa, no la empresa en sí. Y eso podría servir también para justificar el capitalismo, pero aún no he conocido un ejemplo de capitalismo donde no exista corrupción y en el que todos tengan las mismas oportunidades y se eliminen las diferencias sociales.

Y quizá haya gente que no abogue por la igualdad social, el reparto equitativo y la ausencia de especulación, pero todo aquel que esté a favor de la eliminación de la miseria y la pobreza, no puede apoyar el capitalismo, sino el comunismo, con letras grandes, separando el sistema de las dictaduras de cualquier clase.

Ojalá la izquierda despertara y volviera a sus inicios, ojalá nos devolviera la ilusión.

miércoles, 6 de julio de 2011

Han venido al rescate

Parecerá un tópico, pero es cierto que cuando peor van las cosas, cuando sientes que te has perdido en el camino y que no comprendes por qué ocurren una serie de sucesos que te producen malestar, de repente aparece una lucecita que ilumina ligeramente el sendero correcto o, si no el correcto, otro sendero alternativo en el que por un momento desaparecen esas enormes piedras que te hacen tropezar.

Eso ha pasado hoy. De repente vinieron a mi rescate y empezaron a remolcar la balsa en la que flotaba en medio de ese océano de incomprensión. Sólo han empezado a tirar de mí y la costa aún queda lejos, tanto que no sé si voy a alcanzarla, pero al menos ahora no me siento sola, hay quien sabe que estoy perdida y hay quien se preocupa por mí.

Y me pregunto: ¿debería no quejarme ante la convicción de que al final todo se arreglará de una manera u otra? o ¿es precisamente la queja la que mueve los hilos de nuestra mente para que forcemos un cambio de rumbo? Creo que nunca conseguiré dilucidar esta cuestión, porque me temo que me hallo ante el mismo dilema del huevo y la gallina.

No me considero una persona quejica, pero en esta ocasión las quejas han dado su fruto, o al menos eso parece. Y me han devuelto la ilusión.

Aún así, he de reconocer que hasta en el punto más recóndito del océano donde me encontraba, había varios pájaros a mi lado, haciéndome reír, prestándome sus oídos y abrazándome con sus alas cuando más lo necesitaba.

martes, 5 de julio de 2011

En medio del océano

Ahí me encuentro ahora, perdida en un océano incomprensible. No me equivocaba al pensar que este viaje iba a ser el comienzo de una nueva etapa, porque me siento cansada, sin ganas de buscar las fuerzas necesarias para encontrar el camino que me lleve a las sonrisas, sólo quiero esperar a que pase y dé comienzo la nueva etapa.

Aún así, debo esperar, como siempre, pues mi vida depende de un sí o un no. Tengo deseos contrapuestos a mi bienestar, o al supuesto futuro bienestar que ciertas personas me han hecho creer. ¿Es realmente esto lo que quiero? Me siento extraña e indecisa, porque ahora no sé si compensa poner esta faceta en primer lugar y abandonar otras.

Todos los días me pregunto dónde está mi sitio, dónde quiero estar y dónde voy a ser feliz. Ahora mismo no tengo ningún sitio en el mundo donde sienta que quiera estar aunque no pueda, y me encantaría tenerlo. Quizá tenga estos sentimientos porque llevo demasiado tiempo sintiéndome en una nube que va volando de un sitio a otro sin un rumbo demasiado fijo, dando marcha atrás y volviendo a avanzar y, aunque me trato de convencer de que es lo que quiero hacer, que soy feliz siendo yo misma, en el fondo sé que no lo siento, porque hay otras cosas que valoro y que las estoy dejando atrás.

Este viaje a ninguna parte o, si acaso, al pasado, no sé si me está ayudando. Por un lado me empuja hacia abajo, por otro lado, me deja claro que debo cambiar de rumbo, es lo que quiero ahora porque me siento cansada, demasiado cansada.

Y espero que sea el comienzo de la siguiente etapa, porque siento que esta ya debe acabar. Y quiero disfrutarla contigo, fíjate que es lo que más deseo, aunque me da miedo que desearlo me haga perder otras cosas que me dijeron serían buenas para mí.

domingo, 19 de junio de 2011

Siempre hay un principio

Efectivamente es así. Llevo mucho tiempo queriendo tener mi propio blog, por el simple hecho de sentir una pasión desmedida por la escritura y por sentirme una persona con muchas inquietudes intelectuales cuya mente no descansa un momento en su empeño de producir el mayor número posible de pensamientos en el menor tiempo posible, lo que al final provoca que pueda llegar a tener muchas opiniones, reivindicaciones y alegatos sobre cualquier tema que me llegue profundamente y que acaban perdiéndose en el aire.

Y hoy ha sido el día. No es una fecha especial para mí, 19 de junio, tampoco es una fecha especial para nadie de los que me rodea, aunque por lo que he podido ver hasta ahora, creo que va a ser una fecha que quede en nuestras memorias históricas como ya ha quedado la del 15 de mayo. Simplemente ha ocurrido hoy, días antes de comenzar uno más de mis innumerables viajes por el mundo, que pondrá fin a una etapa de espera y que confío en que sea la aventura previa a mi nueva vida. Pero esto es adelantarme a los acontecimientos y si algo me ha enseñado la vida es a tener paciencia y a dejar a las cosas que ocurran a su debido tiempo. No creo que sea buena idea querer correr demasiado, aunque lo haya hecho desde que nací.

Pues dicho queda, hoy comienza mi andadura bloguera, que espero dé sus frutos y no se quede en un intento. Pondré de mi parte, de eso no cabe la menor duda.