miércoles, 12 de junio de 2024

Reto 6. Asunción tiene una afición secreta

Asunción vive en el bloque de enfrente. Cada mañana, la veo despertarse con una sonrisa en los labios y me encanta observarla sin que ella se percate. Tiene una afición, que sé que es secreta porque deja de hacerlo en cuanto oye abrir la puerta de su dormitorio. Normalmente es su madre, que entra para levantarla, pero a veces es Tobi, un precioso pitbull que vive con ellas y que es todo amor.

Me encanta despertarme antes de que amanezca, ir de puntillas a mi ventana y observarla durmiendo, pues, justo cuando se despierta, comienza su ritual: se despereza de una manera un tanto exagerada para mi gusto, aunque me hace reír, porque es una payasa y ella misma se ríe de sus gracias. Y, a continuación, corre hacia su escritorio, se pone los cascos inalámbricos, teclea algo en su portátil y comienza a bailar sin parar, como si fuera una bailarina de ballet, ya que imagino que no quiere hacer ruidos, así que se desplaza casi volando de un lado al otro de su habitación. Sus movimientos están perfectamente calculados para no rozar ninguno de los muebles a pesar de mantener los ojos cerrados, sintiendo esa música que penetra en sus oídos con los cinco sentidos.

Cómo me gusta observarla y cómo me gustaría bailar con ella.

Reto 5. El liguero colgaba de la lámpara

 

Al entrar, Julián supo que alguien desconocido había estado allí. Parecía todo igual que cuando salió de casa, pero notaba algo: le gustaban los cuadros no alineados y los de la entrada estaban bien colocados; la camita de Peque no estaba en la esquina habitual y llevaba dos días en casa de la abuela… «¿Me estoy volviendo loco o alguien ha entrado en mi casa? ¿Seguirá aquí…?».

Permaneció unos instantes en la entrada, sin hacer ruido y sin siquiera pensar, tratando de oír cualquier sonido que fuera distinto a lo habitual. Pasado un tiempo razonable, decidió que no había nadie y que debía entrar, quizá fueran solo imaginaciones suyas.

El salón estaba impecable, como solía dejarlo al irse, y no parecía que nada estuviera fuera de su lugar. Eso lo relajó. La cocina igual… Probablemente mamá habría colocado bien los cuadros el domingo, cuando fue a visitarlo, y hasta ahora no se había dado cuenta. Y la camita seguramente la habría movido él sin darse cuenta, ya que estaba junto a la puerta. ¿No había salido con prisas esta mañana? Qué tonto se sentía por haber tenido miedo.

Se preparó un sándwich rápido, se echó algo de vino en una copa y le pidió a Alexa que le pusiera la música que le gusta. Disfrutaba mucho con la recopilación de canciones que había conseguido formar durante el último año, así que, entre bocado y sorbo de vino, salieron algunas notas de su garganta.

Cuando terminó su sándwich, se fue a su habitación para cambiarse de ropa. Estaba muy cansado después de todo el día en la oficina. Se quitó la chaqueta, la echó en la cama, se quitó los pantalones y, al ir a colgarlos en el armario, ¡zas! el liguero colgaba de la lámpara.

Se quedó paralizado, pues era el liguero que le había regalado a Marisol, su prometida, una semana antes de la boda, hacía ya quince años. Boda que nunca pudo producirse porque Marisol murió de un ictus fulminante dos días antes de la celebración.

¿Quién lo había puesto allí? ¿Cómo había llegado hasta su casa si los padres de Marisol habían quemado, literalmente, todas sus pertenencias, incluido, si no recordaba mal, aquel liguero que tantas risas les había causado…

―¿Mmm…Ma…Marisol? ¿Eh… eres tú? ―preguntó, con media voz, tratando de no sucumbir al espanto que sentía.

Nadie respondió. Nada ocurrió. ¿Qué le estaba pasando? No creía en estas bobadas de los espíritus, nunca había visto o sentido nada y solía reírse de quienes tenían miedo. Pero… es que… ¿qué hacía allí el liguero?

Tras un rato paralizado, consiguió recomponerse, recogió la ropa, se lavó los dientes y se acostó. Le costó dormirse, pero el cansancio acumulado ayudó en la tarea y acabó sucumbiendo.

A la mañana siguiente, se despertó aturdido, miró rápidamente a la lámpara y allí seguía el liguero. No había sido una mala pesadilla.

Fue a la cocina a desayunar, cogió el móvil, que estaba apagado porque había olvidado ponerlo a cargar, lo encendió y recibió un mensaje de Juan, su hermano pequeño:

Juliiii, ayer ligué! No te imaginas qué chica!

Gracias por dejarme tu piso! (ya, no te lo pedí, pero sé que me hubieras dicho que sí, para eso me diste tu llave hace tanto! Jajajaja)

Ya te enseñaré fotos!

Julián volvió a respirar.

viernes, 7 de junio de 2024

RETO 4. Soledad en la galaxia

 

17 de abril de 4444.

Querido diario. Llevo dos días en este planeta, al que llamaré planeta azul porque está lleno de arroyos preciosos que discurren por unas rocas azules que le confieren ese color tan fascinante. He estado caminando, intentando encontrar alguna forma de vida, pero no he encontrado nada: no hay hierbas ni insectos ni plantas o flores; es bastante deprimente, pues solo hay agua y rocas. Me he atrevido a beber el agua de los arroyos tras filtrarla con mi depuradora portátil y tenía un sabor dulce que me ha parecido maravilloso.

Seguiré caminando hacia la segunda luna que oteo en la lejanía. Espero encontrar algo más o tendré que volver a la nave a seguir buscando algún otro planeta en el que no me sienta tan solo.

A veces, me resulta demasiado duro haber sido el único superviviente del desastre en la Tierra…

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27 de abril de 4444.

Querido diario. ¡Hoy ha sido un día maravilloso! Encontré una flor muy parecida a las margaritas terrestres, en medio de la roca, de color verde. Me llamó mucho la atención a la distancia, pues sus tonos verdes desentonaban con el azul reinante y que está convirtiéndose en tedioso. Descubrirla me ayudó a recuperar parte del ánimo que había perdido tras tanto tiempo sin encontrar nada que no fueran rocas azules y agua, así que salí corriendo en su dirección.

Cuando llegué a su lado, la sorpresa fue aún mayor. ¡Tenía rostro: ojos, boca, nariz…! No pude contenerme y la quise tocar, pero ella se apartó y me espetó, con tono de enfado, que ni se me ocurriera rozarla con esas manos llenas de polvo azul.

Me ha contado su historia y he quedado fascinado: procede del planeta verde, a varios años luz de donde nos encontramos (pensamiento derivado: ¡hay más planetas para explorar!) y, siendo semilla, acabó en una expedición exploradora, junto con un grupo de semillas variadas. Uno de los miembros de la expedición solía ir al invernadero a revisar que no hubiera ningún problema y, un día, sin darse cuenta, se quedó pegada al guante. Ese mismo tripulante, debía salir de la nave para revisar una de las antenas, que parecía haberse desviado al rozar ligeramente con un meteoro, así que aprovechó que estaba cerca de las compuertas para acometer su tarea. De esta manera, la semilla salió de la nave y descubrió la inmensidad del universo. Tan emocionada estaba que no se percató de que se había despegado del guante cuando el tripulante manejaba la antena, y allí permaneció suspendida, ingrávida.

Cuando se dio cuenta, la nave estaba muy alejada y no podía hacer nada para volver a su sitio. Sintió miedo, tristeza, angustia… pero, de repente, cuando vio una explosión y supo que la nave había desaparecido con todo su contenido, sintió alivio. Quería seguir viviendo, quería convertirse en una flor, aunque era consciente de que estaba en un entorno desconocido y hostil.

Estuvo vagando durante mucho tiempo, aunque, al ser una semilla, no fue consciente de cuánto. Hasta que acabó cayendo en un suelo rocoso azul, rodeado de agua, y allí decidió descansar de su largo viaje. Con el tiempo, empezó a sentir que algo empujaba desde adentro y se despertó de su letargo, para comprobar que un brote verde había roto la cáscara y se abría hueco hacia el exterior. Finalmente, aquel brote se convirtió en aquella flor de hojas verdes tan brillante y, desde entonces, se pasaba los días mirando a la luna soñando con volver a encontrar a alguien con quien conversar.

Le he contado la historia que tan bien conoces, cómo acabamos destrozando la Tierra y cómo conseguí escapar con Rufus, quien no pudo soportar tantas horas sin sol y acabó liberándose de su pesada existencia. Le conté con detalle todos y cada uno de los planetas que llevamos recorridos y le hablé de ti, querido diario, donde he ido documentando cada detalle descubierto, en la absoluta soledad. Nunca supe para qué lo hacía, aunque al menos me hacía sentir que hablaba con alguien.

Nuestras vidas son tan similares…

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29 de abril de 4444.

Querido diario. Dos días de conversaciones con mi amiga Green, como hemos decidido que se llamaría, me han devuelto la fe en la vida. Le he prometido que me quedaré aquí con ella, que no la voy a abandonar y que la cuidaré para que nada pueda estropearla. Me siento feliz. Nunca imaginé que una flor sería mi compañera de vida.

Debo seguir explorando este planeta: mi nuevo hogar.

RETO 3. 15 años después

 

Nunca imaginé que volvería a encontrarme con él. Cuando era adolescente, solía pasar los veranos en la playa. Mis padres no tenían dinero para viajar o irnos de vacaciones, pero a mí siempre me enviaban con una hermana de mi madre que vivía junto al mar, en aquel pequeño pueblo a orillas del Atlántico. Para mí era la mejor época del año, pues me permitían hacer lo que no podía durante el resto del año en casa: podía pasear por el pueblo sola; tenía una pandilla de amigos con los que me reunía siempre sin necesidad de quedar, porque vivíamos todos en la misma calle y siempre íbamos al mismo trozo de playa; podía salir por las noches a los bares cercanos o tumbarnos en la fresca arena en las maravillosas noches de verano.

Mi mejor amiga se llamaba Julia y tampoco era del pueblo. Solo nos veíamos en verano, pero también pasaba allí los dos meses de verano, lo que fortaleció nuestra unión, ya que nos pasábamos todo el día juntas. Sus padres tenían muy buena relación con mi tía y eso favoreció nuestros lazos. Tenía un año más que yo, pero apenas se notaba, pues nos gustaba la misma música, nos reíamos con las mismas bromas, teníamos los mismos gustos en ropa y hasta el helado lo pedíamos del mismo sabor. Era fantástico tener alguien tan afín, excepto por una cosa: a las dos nos gustaba Ignacio.

Ignacio era el más guapo del pueblo. Tenía la cara de di Caprio y el cuerpo de Brad Pitt y cada vez que lo veíamos, nos poníamos muy nerviosas. Tenía un par de años más que Julia, con lo que solía salir con otro grupo, pero era tan encantador que siempre nos saludaba con su sonrisa de ensueño.

A mí me encantaba y, cada vez que podía, trataba de hablar con él. Solía corresponderme y, a veces, hablábamos del último disco de Bruno Mars o discutíamos sobre la calidad de las canciones de Enrique Iglesias: yo defendía que eran muy bailables y él sostenía que era un producto comercial que solo triunfaba por ser hijo de su padre. Me daba igual de qué hablar con él, pues solo quería pasar tiempo en su compañía.

Julia no se atrevía a dirigirle la palabra. Fue la primera que dijo que le gustaba, así que yo respeté ese orden y nunca le dije que me bebía los vientos por él. Si alguna vez me invitaba a algo, siempre incluía a Julia en los planes, tratando de ayudarla en su intento de acercamiento. En cierta ocasión, estábamos en el agua y se acercó con su amigo Julián. Nos echamos unas risas jugando con una rueda hinchable que traían y, cuando ya se iban, me propuso ir al cine de verano esa noche. Me puse muy nerviosa y reaccioné diciéndole que sí, que Julia y yo iríamos encantadas. Su rostro cambió, aunque aceptó a la invitada imprevista.

Así pasamos los veranos de la preadolescencia y la adolescencia. Durante los inviernos, trataba de mantener cierto contacto, pero cada uno vivía en un sitio alejado y no mostraban mucho interés en mantener contacto con SMS, así que, cuando empezamos la universidad, sin darnos cuentas nos alejamos y dejamos de ir en verano al pueblo, con lo que nuestra amistad se fue diluyendo.

Mi vida se llenó de grandes experiencias, en lo bueno y en lo malo, con lo que aquellos veranos fueron arrinconándose en mi memoria y acabé por olvidar que alguna vez tuve la gran suerte de vivir veranos espléndidos rodeada de personas maravillosas.

Cuando acabé Veterinaria, fui a hacer las prácticas al pueblo por varias razones: mi tía necesitaba algo de compañía y cuidados; todos conocíamos a la veterinaria del pueblo, una señora encantadora a la que tanto humanos como mascotas adorábamos; y, muy dentro de mí, necesitaba volver a perderme por aquellas callejuelas y empaparme de aquellos aromas y esencias.

Me contrató para los tres meses de verano, porque era cuando más clientes había en el pueblo, por los veraneantes, y me pareció fabuloso. Preparé mi mudanza, como hacía cuando era adolescente, y partí rumbo a mi pasado, con ansias de redescubrirlo.

Los días en la clínica eran cada vez más interesantes: unos días llegaban clientes con sus mascotas por el simple hecho de darse un paseo y mostrar lo bien cuidados que tenían a sus peluditos; otros días nos pedían que fuéramos a atender partos de reses o de caballos; algunos días los pasábamos haciendo papeleo entre muchas risas, porque no entraban clientes…

Un día, entró un hombre con un precioso setter irlandés. Se veía claramente que adoraba a ese perro y que lo tenía muy bien cuidado. También se podía comprobar que era un veraneante, pues iba vestido con ropa de verano, de calidad, eso sí. Cuando nos habló, me quedé fascinada por su tono de voz, tan varonil y con un acento muy seductor. Y, de repente, cuando dijo su nombre, me volví, lo miré y grité: ¡Ignacio!

Él me miró, sorprendido, asintiendo. Rápidamente, le dije mi nombre y su sonrisa y mirada tierna demostraron que se acordaba perfectamente de mí. Me explicó que había ido a dejar a su perro en la peluquería y que tenía que hacer un recado urgente, pero que tenía muchas ganas de hablar conmigo. Me dio su teléfono y quedamos para cenar.

Cuando acabé la jornada, corrí a casa de mi tía, emocionada y muy nerviosa. Le conté las novedades, pues ella siempre supo que era mi amor adolescente, y elegimos juntas qué me pondría: algo que me favoreciera, pero que no fuera demasiado atrevido ni demasiado simple. No estaba muy morena, porque pasaba muchas horas en la clínica, así que debía elegir bien el color del vestido.

Finalmente, junto al maquillaje, acabamos las dos muy contentas con el resultado. Ignacio sucumbiría a mi belleza, dijimos riéndonos a carcajadas las dos.

La noche fue inolvidable. Me contó que había estudiado Derecho y que, después de hacer las prácticas en un bufete de abogados importante en su localidad, había acabado con un contrato, así que se sentía muy afortunado y contento por los casos que le estaban asignando. Yo también le expresé lo contenta que me sentía con mi vida profesional, que acababa de comenzar y, sin darnos cuenta, se nos pasó la noche sin parar de hablar.

Cuando acabamos de cenar, me propuso ir a tomar una copa juntos porque aún teníamos muchas cosas que contarnos. Por supuesto, accedí, así que nos fuimos al Bar Playa, que tan buenos recuerdos nos traía. Allí pedimos una jarra de Tequila Sunrise, como en los viejos tiempos, y continuamos charlando, bailando y, sobre todo, riéndonos.

Cuando la música empezó a subir de volumen, no tuvimos más remedio que acercarnos para poder oírnos, lo que me produjo una sensación muy agradable a la par que tensa. Había momentos en los que no podía evitar mirar sus labios e imaginarme besándonos. Automáticamente descartaba la idea, pues tenía claro que no querría nada conmigo más allá de nuestra bonita amistad.

―Tú sabías que estaba enamorado de ti, ¿verdad?

«¡¿Cómo!? ¿Enamorado de mí? ¿¡Pero qué locura es esta?!».

―Cada vez que hablábamos, me entraban ganas de hacer más planes contigo, pero cada vez que me atrevía y te proponía hacer algo, llevabas a tu amiga… Qué frustración sentía… No llegué a gustarte nunca, ¿verdad?

―Ignacio… Siempre me gustaste.

―Venga, vamos a hablar en serio, me estoy abriendo contigo porque ya tenemos una edad y no me importa que sepas lo mucho que me has gustado siempre. No bromees con esto, por favor.

―Te estoy diciendo la verdad. Siempre me gustaste; fuiste mi amor adolescente. Pero eras un amor platónico, porque le encantabas a Julia, mi amiga, y mi lealtad estaba por encima de todo.

―No lo puedo creer… ¿qué lealtad? A mí Julia nunca me gustó, ¿no te parece que fue una pérdida de tiempo no estar juntos tú y yo por algo que nunca iba a pasar?

―No, Ignacio, lo volvería a hacer una y mil veces más. Mi amiga y tú no estuvisteis juntos, es cierto, pero yo tampoco tenía claro si hubiéramos estado juntos e incluso si hubiera funcionado. Sin embargo, con mi decisión, nunca hubo ningún roce entre las dos por un chico. Nunca lo hubiera permitido, pues nuestra amistad era lo que más valoraba en ese momento.

―¿Sigues siendo leal a tu amiga?

―Sí y no. Julia está felizmente enamorada de alguien fantástico, con quien probablemente consiga disfrutar toda la vida. No creo que tú tengas un hueco importante en su presente, por lo que, aunque sigo siendo leal, ya no hay nada que romper.

―¿Te puedo besar?

Sí, volvimos a vernos quince años después y, esta vez, sin invitadas de piedra.