Nunca
imaginé que volvería a encontrarme con él. Cuando era adolescente, solía pasar
los veranos en la playa. Mis padres no tenían dinero para viajar o irnos de
vacaciones, pero a mí siempre me enviaban con una hermana de mi madre que vivía
junto al mar, en aquel pequeño pueblo a orillas del Atlántico. Para mí era la
mejor época del año, pues me permitían hacer lo que no podía durante el resto
del año en casa: podía pasear por el pueblo sola; tenía una pandilla de amigos
con los que me reunía siempre sin necesidad de quedar, porque vivíamos todos en
la misma calle y siempre íbamos al mismo trozo de playa; podía salir por las
noches a los bares cercanos o tumbarnos en la fresca arena en las maravillosas
noches de verano.
Mi mejor
amiga se llamaba Julia y tampoco era del pueblo. Solo nos veíamos en verano,
pero también pasaba allí los dos meses de verano, lo que fortaleció nuestra
unión, ya que nos pasábamos todo el día juntas. Sus padres tenían muy buena
relación con mi tía y eso favoreció nuestros lazos. Tenía un año más que yo,
pero apenas se notaba, pues nos gustaba la misma música, nos reíamos con las
mismas bromas, teníamos los mismos gustos en ropa y hasta el helado lo pedíamos
del mismo sabor. Era fantástico tener alguien tan afín, excepto por una cosa: a
las dos nos gustaba Ignacio.
Ignacio era
el más guapo del pueblo. Tenía la cara de di Caprio y el cuerpo de Brad Pitt y
cada vez que lo veíamos, nos poníamos muy nerviosas. Tenía un par de años más
que Julia, con lo que solía salir con otro grupo, pero era tan encantador que
siempre nos saludaba con su sonrisa de ensueño.
A mí me
encantaba y, cada vez que podía, trataba de hablar con él. Solía corresponderme
y, a veces, hablábamos del último disco de Bruno Mars o discutíamos sobre la
calidad de las canciones de Enrique Iglesias: yo defendía que eran muy
bailables y él sostenía que era un producto comercial que solo triunfaba por
ser hijo de su padre. Me daba igual de qué hablar con él, pues solo quería
pasar tiempo en su compañía.
Julia no se
atrevía a dirigirle la palabra. Fue la primera que dijo que le gustaba, así que
yo respeté ese orden y nunca le dije que me bebía los vientos por él. Si alguna
vez me invitaba a algo, siempre incluía a Julia en los planes, tratando de
ayudarla en su intento de acercamiento. En cierta ocasión, estábamos en el agua
y se acercó con su amigo Julián. Nos echamos unas risas jugando con una rueda
hinchable que traían y, cuando ya se iban, me propuso ir al cine de verano esa
noche. Me puse muy nerviosa y reaccioné diciéndole que sí, que Julia y yo
iríamos encantadas. Su rostro cambió, aunque aceptó a la invitada imprevista.
Así pasamos
los veranos de la preadolescencia y la adolescencia. Durante los inviernos,
trataba de mantener cierto contacto, pero cada uno vivía en un sitio alejado y
no mostraban mucho interés en mantener contacto con SMS, así que, cuando
empezamos la universidad, sin darnos cuentas nos alejamos y dejamos de ir en
verano al pueblo, con lo que nuestra amistad se fue diluyendo.
Mi vida se
llenó de grandes experiencias, en lo bueno y en lo malo, con lo que aquellos
veranos fueron arrinconándose en mi memoria y acabé por olvidar que alguna vez
tuve la gran suerte de vivir veranos espléndidos rodeada de personas
maravillosas.
Cuando acabé
Veterinaria, fui a hacer las prácticas al pueblo por varias razones: mi tía
necesitaba algo de compañía y cuidados; todos conocíamos a la veterinaria del
pueblo, una señora encantadora a la que tanto humanos como mascotas adorábamos;
y, muy dentro de mí, necesitaba volver a perderme por aquellas callejuelas y
empaparme de aquellos aromas y esencias.
Me contrató
para los tres meses de verano, porque era cuando más clientes había en el
pueblo, por los veraneantes, y me pareció fabuloso. Preparé mi mudanza, como
hacía cuando era adolescente, y partí rumbo a mi pasado, con ansias de
redescubrirlo.
Los días en
la clínica eran cada vez más interesantes: unos días llegaban clientes con sus
mascotas por el simple hecho de darse un paseo y mostrar lo bien cuidados que
tenían a sus peluditos; otros días nos pedían que fuéramos a atender partos de
reses o de caballos; algunos días los pasábamos haciendo papeleo entre muchas
risas, porque no entraban clientes…
Un día,
entró un hombre con un precioso setter irlandés. Se veía claramente que adoraba
a ese perro y que lo tenía muy bien cuidado. También se podía comprobar que era
un veraneante, pues iba vestido con ropa de verano, de calidad, eso sí. Cuando
nos habló, me quedé fascinada por su tono de voz, tan varonil y con un acento
muy seductor. Y, de repente, cuando dijo su nombre, me volví, lo miré y grité:
¡Ignacio!
Él me miró,
sorprendido, asintiendo. Rápidamente, le dije mi nombre y su sonrisa y mirada
tierna demostraron que se acordaba perfectamente de mí. Me explicó que había
ido a dejar a su perro en la peluquería y que tenía que hacer un recado
urgente, pero que tenía muchas ganas de hablar conmigo. Me dio su teléfono y
quedamos para cenar.
Cuando acabé
la jornada, corrí a casa de mi tía, emocionada y muy nerviosa. Le conté las
novedades, pues ella siempre supo que era mi amor adolescente, y elegimos
juntas qué me pondría: algo que me favoreciera, pero que no fuera demasiado
atrevido ni demasiado simple. No estaba muy morena, porque pasaba muchas horas
en la clínica, así que debía elegir bien el color del vestido.
Finalmente,
junto al maquillaje, acabamos las dos muy contentas con el resultado. Ignacio
sucumbiría a mi belleza, dijimos riéndonos a carcajadas las dos.
La noche fue
inolvidable. Me contó que había estudiado Derecho y que, después de hacer las
prácticas en un bufete de abogados importante en su localidad, había acabado
con un contrato, así que se sentía muy afortunado y contento por los casos que
le estaban asignando. Yo también le expresé lo contenta que me sentía con mi
vida profesional, que acababa de comenzar y, sin darnos cuenta, se nos pasó la
noche sin parar de hablar.
Cuando
acabamos de cenar, me propuso ir a tomar una copa juntos porque aún teníamos
muchas cosas que contarnos. Por supuesto, accedí, así que nos fuimos al Bar
Playa, que tan buenos recuerdos nos traía. Allí pedimos una jarra de Tequila
Sunrise, como en los viejos tiempos, y continuamos charlando, bailando y, sobre
todo, riéndonos.
Cuando la
música empezó a subir de volumen, no tuvimos más remedio que acercarnos para
poder oírnos, lo que me produjo una sensación muy agradable a la par que tensa.
Había momentos en los que no podía evitar mirar sus labios e imaginarme
besándonos. Automáticamente descartaba la idea, pues tenía claro que no querría
nada conmigo más allá de nuestra bonita amistad.
―Tú sabías
que estaba enamorado de ti, ¿verdad?
«¡¿Cómo!? ¿Enamorado de mí? ¿¡Pero qué
locura es esta?!».
―Cada vez
que hablábamos, me entraban ganas de hacer más planes contigo, pero cada vez
que me atrevía y te proponía hacer algo, llevabas a tu amiga… Qué frustración
sentía… No llegué a gustarte nunca, ¿verdad?
―Ignacio…
Siempre me gustaste.
―Venga,
vamos a hablar en serio, me estoy abriendo contigo porque ya tenemos una edad y
no me importa que sepas lo mucho que me has gustado siempre. No bromees con
esto, por favor.
―Te estoy
diciendo la verdad. Siempre me gustaste; fuiste mi amor adolescente. Pero eras
un amor platónico, porque le encantabas a Julia, mi amiga, y mi lealtad estaba
por encima de todo.
―No lo puedo
creer… ¿qué lealtad? A mí Julia nunca me gustó, ¿no te parece que fue una
pérdida de tiempo no estar juntos tú y yo por algo que nunca iba a pasar?
―No, Ignacio,
lo volvería a hacer una y mil veces más. Mi amiga y tú no estuvisteis juntos,
es cierto, pero yo tampoco tenía claro si hubiéramos estado juntos e incluso si
hubiera funcionado. Sin embargo, con mi decisión, nunca hubo ningún roce entre
las dos por un chico. Nunca lo hubiera permitido, pues nuestra amistad era lo
que más valoraba en ese momento.
―¿Sigues
siendo leal a tu amiga?
―Sí y no.
Julia está felizmente enamorada de alguien fantástico, con quien probablemente
consiga disfrutar toda la vida. No creo que tú tengas un hueco importante en su
presente, por lo que, aunque sigo siendo leal, ya no hay nada que romper.
―¿Te puedo
besar?
Sí, volvimos
a vernos quince años después y, esta vez, sin invitadas de piedra.