lunes, 29 de agosto de 2011

La rosa y mi abeja

A veces la mente es extraña y genera miedos de donde no debería. ¿O no es así cuando la rosa siente miedo de que su abeja no vaya más a posarse en sus pétalos porque no necesita su néctar? Ese es un miedo irracional: si no me necesita, ya no me querrá.

¿Verdaderamente queremos que nos necesiten? No debería ser así, pues mucho más bonito es el amor altruista que el originado por la necesidad, pero si la rosa se siente menos que el resto, no logrará convencer a la razón para que sea más fuerte que su corazón y destierre los miedos a ser abandonada.

Y esa abeja, ¿abandonará a la rosa después de ir a posarse en sus pétalos cada día con la simple intención de compartir un poco de su vida con ella? Pues nadie puede saberlo, ni siquiera la propia abeja, con lo que puede pasar y puede que no pase, pero la rosa tiene miedo y no sabe qué hacer para salir de esa sensación. La abeja tiene tantas rosas a su alrededor, tan bonitas, más o incluso menos que ella, que podría elegir cualquiera para ir a pasar la tarde.

¿Por qué la elige entonces a ella? Esa es la pregunta que la rosa no sabe responder y la que le hace sentir miedo y que cada mañana acompañe las gotas de rocío con algunas lágrimas de inseguridad e incertidumbre. La rosa no quiere estar sola, quiere estar acompañada y especialmente por su abeja, la mejor de todo el panal, a la que conoció un día de casualidad y quien le robó el pequeño corazón.


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