martes, 29 de noviembre de 2011

Piedras y fango

Aún no sé qué pasará mañana, si se dejará convencer o no, si le moverán los sentimientos o si se dejará llevar por el instinto de protección de lo propio. No sé cómo reaccionará, pero ahora mismo la cosa pinta fea.

Y seguramente todo tendrá un sentido, probablemente algún día lo descubriré, pero se hace muy duro caminar por esta vía empedrada y vieja, con los adoquines descolocados y que no hacen más que entorpecerme el camino y hacerme caer, una y otra vez, sin tregua. Y para colmo llueve, la tierra depositada entre las piedras se hace fango y mis pies se quedan pegados, me cuesta trabajo levantar las piernas y seguir caminando.

Pero sigo. Las gotas de lluvia cubren mi rostro y no logro distinguirlas de mis lágrimas. Si al menos apareciera alguien que me tendiera su mano y me sacara de este camino llevándome al de más allá, donde parece que no llueve tanto o que no tiene tantas piedras.

No. Debo seguir, aunque sea sola. En el fondo, la fuerza que tengo que emplear para despegar mis pies del fango hace más fuerte mis piernas y llegará un momento en que consiga caminar con comodidad incluso por los peores caminos. Pero antes debo aprender a no mirar sólo al suelo, no centrarme en las piedras y el barro. Tengo que aprender a mirar para adelante, quizá así consiga divisar el punto en el que tomar otra dirección, otro camino que me está esperando, más sencillo, quizá hasta con autobuses que me lleven sentada, quizá al lado de alguien, desconocido o no.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Se cayó el bozal

Qué susto. Pensé que había perdido mis habilidades, pero no, hoy me he dado cuenta de que sólo estaba jugando en un campo nuevo y además llevaba un tiempo sin entrenar. Pero hoy he goleado y he salido del campo por la puerta grande, con una gran sonrisa de satisfacción en mis labios.

A veces me siento frustrada, porque la vida me dirigió a intentar conseguir metas en un terreno que en absoluto dominaba, pero no me achanté, sino que decidí tirar hacia adelante e intentarlo. Pero claro, por muy valiente que pueda llegar a ser, las dificultades a veces lo hacen todo cuesta arriba y cuando no se consiguen las cosas en las que una estaba acostumbrada a destacar, aparece la frustración. Y muchas veces me he preguntado si no me equivoqué al elegir.

Hace poco más de tres años me vi en la disyuntiva de elegir entre dos caminos: podía caminar hacia el lugar donde me sentía cómoda, con las dificultades normales de iniciar una nueva vida en un nuevo país, o hacia otro lugar donde a estos obstáculos habría que añadirles una carencia en mis conocimientos. Lo que me hizo decantarme hacia la opción con mayor dificultad no fue precisamente el masoquismo, ni porque sienta alguna atracción especial por el riesgo. La principal razón fue un consejo que alguien me dio: si tiras por el lado complicado, te diferenciarás y tendrás más opciones en el futuro. Ya veía difícil un futuro, cualquiera que fuera éste, así que si algo en el presente me lo podía hacer un poco más llevadero, preferiría pasar las dificultades ahora para después disfrutar de las bondades de la "buena vida".

¿Me equivoqué? Pues no lo sé y creo que nunca lo sabré, ocurra lo que tenga que ocurrir en el futuro, es decir, sea éste más o menos complicado. Ya incluso da igual.

Lo curioso es que sin proponérmelo, sigo intentando el lado complicado, aun cuando tengo opciones en el lado sencillo. Y cuando me doy cuenta de ello, me paro en seco y me pregunto por qué mi mente actúa de esta manera. Cuando tomé la decisión no era masoquista, pero ahora sí me planteo la posibilidad de haberme convertido en uno de ellos. ¿Hasta tal punto me ha afectado mi vida en Alemania?

De cualquier forma, hoy ha sido un día especial. Durante mi vida "normal" de currita en España desarrollé una serie de habilidades comunicativas y de otras características, que me permitieron acceder a lo que buscaba. Nunca tuve grandes pretensiones, ni nunca tuve una opinión de mí misma superior a la realidad (quizá más bien al contrario), pero conseguía convencer.

Cuando llegué a Alemania todo aquello se esfumó por arte de magia. Mis capacidades comunicativas estaban más que mermadas y durante mucho tiempo me he sentido una discapacitada. Pero hoy ha sido diferente. Mis habilidades comunicativas han vuelto, he conseguido utilizar mis estrategias, las que empleaba en España, con mi lengua materna, y finalmente he vuelto a convencer, mostrando una gran seguridad en mí misma. Me lo creía y conseguí expresarlo de tal manera que ella también lo creyó.

No sé si me equivoqué al tomar aquella decisión, si quizá ahora estaría en otro lugar del mundo con una vida más estable. Lo único que tengo claro ahora es que no he tirado por la borda tres años de mi vida.

lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Emigrante o con anhelo de aprender?

Hoy también parece que nos ha querido visitar el sol y ya son varios días, lo que me hace pensar que se siente a gusto en este rinconcito del mundo. Y me ha alegrado la cara; no me podía imaginar que mis ojos tuvieran dificultad para mantenerse totalmente abiertos como es lo habitual aquí.

Cuando llegué no había más que neblina a mi alrededor, era ausencia de lluvia, sí, pero igualmente triste, sobre todo para una persona sureña como yo, procedente de la Costa de la Luz. ¡Qué mal acostumbrados estamos! Pero no hay más que salir un poquito más allá de Despeñaperros para darse cuenta de lo afortunados que somos allí, en el punto más al sur de Europa, donde tantos han pasado dejando parte de su esencia.

Ahora soy yo la que he partido a otros rumbos y no siento nostalgia, quizá por haberlo elegido y no ser una imposición. En realidad me siento afortunada, aunque valore tanto aquello que representa mi Heimat, como dirían los alemanes para referirse al concepto de patria, no entendida como país, sino como lugar de origen, donde te sientes anclado aunque sea sólo con el corazón. Y siento que soy una privilegiada porque no sólo he mamado una cultura conformada por lo mejor de muchas, sino que ahora me empapo de otras nuevas y estas experiencias quedarán en mi persona de manera indeleble, incluso las buenas.

Qué suerte poder disfrutar de la salida del sol, qué alegría sonreír al contemplar a alguien sonriendo por la calle, o al escuchar una palabra en español de alguien que se cruza en tu camino. Estar fuera de tu mundo supone estar atento a lo más pequeño, a lo que se te pasaba desapercibido mientras caminabas con la seguridad que aporta lo conocido. Comenzando una vida en un lugar desconocido, sin conocer a nadie al que puedas acudir, ya sea ante problemas o ante un espontáneo sentimiento de soledad, hace que uno crezca interiormente y supere barreras que de otra manera siempre nos coartarían ante distintas facetas en la vida.

No sé si he llegado a superar todas mis barreras, pero sí soy consciente de haber superado algunas y eso me basta.

¿Cuánto tiempo durará mi viaje? Eso no lo sé y ni siquiera creo que quiera saberlo, ¿para qué saber el final del libro cuando todavía quedan tantas páginas por leer? No está en mí adelantarme a los acontecimientos, prefiero seguir caminando por estas hojas y descubrir cada día las nuevas líneas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Abrir los ojos

Y volvió, no sin antes descansar unos instantes en su viaje, el tiempo justo para encontrarlo. Llevaba tiempo buscándolo y allí estaba, delante de sus ojos. Y había estado ahí desde hacía mucho tiempo, aunque hasta entonces no se había parado a mirar.

Pero le entró miedo y no lo recuperó, pensó que era mejor aferrarse a esa idea que había ido formando en su cabeza durante algún tiempo. Ésta le proporcionaba la seguridad de lo conocido y no el vértigo de lo desconocido, aunque hubiera temblado de emoción al encontrarlo. Así que siguió su camino dejándolo apartado, se había fijado un destino y se había imaginado que allí le esperaba su vida futura, aunque eso tampoco lo tenía muy claro, porque llevaba un tiempo debatiéndose entre esta ilusión y la intuición de que su tiempo allá estaba próximo a un fin. Como siempre, se quedaba con los pensamientos y sensaciones positivas, o que creía que eran positivas, y descartaba el resto. Así era todo más fácil.

Al llegar se encontró la lluvia, las nubes de un tono gris sombrío rodearon su existencia y sintió frío. Ya no sentía las mismas sensaciones que las dos veces anteriores, se sentía una extraña, ahora que tan bien conocía el destino. Su sonrisa desapareció y de repente vio aparecer algunas lágrimas en su rostro, sin entender bien qué le hacía llorar.

A los tres días lo entendió: debió haberse parado, recoger lo que llevaba buscando, y tomar otro camino. Pero pensó que no era tarde, que podía disfrutar de su elección final, que nunca es equivocada, aprender de ella y tomar un nuevo rumbo que le llevase a nuevas experiencias. 

Quizá aún podía aprovechar la oportunidad que le estaba brindando la vida... y a ello se lanzó.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Volver

No sólo vuelvo a mi rinconcito, al que he apartado de mi rutina diaria durante algo más de un mes, también vuelvo al lugar donde me están esperando experiencias nuevas, mucho aprendizaje y un sinfín de historias que ocuparán interminables horas de mis deliciosas conversaciones skypeanas. 

Estoy deseando volver, para abrazar, para comprobar, para sonreírle, para salir de dudas y para pasar página o empezar a escribir el nuevo libro. Esta incertidumbre de mes y medio no ha calado en mí de manera negativa, ha ido más bien perfilando sonrisas en cada momento en el que aparecía su rostro en mi imaginación, juguetona compañera que con tanta frecuencia le gusta recordar momentos especiales y adornarlos con una continuación ideal, no ocurrida, pero que no por ello deja de producirme el mayor de los deleites.

¿Qué me depararán estos meses en Heidelberg? En poco más de una semana lo sabré y empezaré a disfrutarlo, independientemente de lo que sea, porque estoy convencida de que todo, absolutamente todo, ocurre para aportarnos algo positivo en nuestra vida, aunque lo percibamos de manera contraria. He aprendido en mi corta y larga vida al mismo tiempo, que las mayores desgracias, y de estas puedo hablar por haber tenido diversas experiencias que se pudieran calificar como tal, pueden llegar a ser las mayores bendiciones.

Siempre comparo la vida, o más bien las experiencias que se van sucediendo en ella, con un parto. Si escuchamos la palabra parto, lo lógico será tener un primer pensamiento positivo: el nacimiento de un nuevo ser que, aun en los casos de bebés no deseados, produce tanta ternura por encontrarse tan desvalido que no se puede evitar esbozar una sonrisa. Sin embargo, para llegar a acunar en nuestros brazos a un recién nacido y disfrutar así de ese momento de inicio vital, su madre ha tenido que pasar por un trance más o menos doloroso, dependiendo de las circunstancias y del nivel de asunción del dolor de cada mujer, pero que al fin y al cabo, no es fácil ni placentero. Pero parece ser que al final merece la pena.

Pues la vida es así, cada experiencia positiva requiere un esfuerzo previo, unas molestias, supongo que para que no sólo disfrutemos de ellas, sino que aprendamos algo en el camino, el cual es tan satisfactorio, o incluso más, que el resultado final.

Eso sí, mi parto se está prolongando más de lo que me gustaría. Quizá sea porque no he sabido encontrar todavía la lección a aprender y aún no estoy preparada para sostener en mis brazos al nuevo "bebé". Quizá porque me haya entretenido con otras cosas y no me haya concentrado en el acto de parir. Sea cual sea la razón, creo que ya va siendo hora de salir de este hospital y volver a casita con mi niño en mis brazos.

Volver... y a casita...