Parecerá un tópico, pero es cierto que cuando peor van las cosas, cuando sientes que te has perdido en el camino y que no comprendes por qué ocurren una serie de sucesos que te producen malestar, de repente aparece una lucecita que ilumina ligeramente el sendero correcto o, si no el correcto, otro sendero alternativo en el que por un momento desaparecen esas enormes piedras que te hacen tropezar.
Eso ha pasado hoy. De repente vinieron a mi rescate y empezaron a remolcar la balsa en la que flotaba en medio de ese océano de incomprensión. Sólo han empezado a tirar de mí y la costa aún queda lejos, tanto que no sé si voy a alcanzarla, pero al menos ahora no me siento sola, hay quien sabe que estoy perdida y hay quien se preocupa por mí.
Y me pregunto: ¿debería no quejarme ante la convicción de que al final todo se arreglará de una manera u otra? o ¿es precisamente la queja la que mueve los hilos de nuestra mente para que forcemos un cambio de rumbo? Creo que nunca conseguiré dilucidar esta cuestión, porque me temo que me hallo ante el mismo dilema del huevo y la gallina.
No me considero una persona quejica, pero en esta ocasión las quejas han dado su fruto, o al menos eso parece. Y me han devuelto la ilusión.
Aún así, he de reconocer que hasta en el punto más recóndito del océano donde me encontraba, había varios pájaros a mi lado, haciéndome reír, prestándome sus oídos y abrazándome con sus alas cuando más lo necesitaba.
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