martes, 29 de noviembre de 2011

Piedras y fango

Aún no sé qué pasará mañana, si se dejará convencer o no, si le moverán los sentimientos o si se dejará llevar por el instinto de protección de lo propio. No sé cómo reaccionará, pero ahora mismo la cosa pinta fea.

Y seguramente todo tendrá un sentido, probablemente algún día lo descubriré, pero se hace muy duro caminar por esta vía empedrada y vieja, con los adoquines descolocados y que no hacen más que entorpecerme el camino y hacerme caer, una y otra vez, sin tregua. Y para colmo llueve, la tierra depositada entre las piedras se hace fango y mis pies se quedan pegados, me cuesta trabajo levantar las piernas y seguir caminando.

Pero sigo. Las gotas de lluvia cubren mi rostro y no logro distinguirlas de mis lágrimas. Si al menos apareciera alguien que me tendiera su mano y me sacara de este camino llevándome al de más allá, donde parece que no llueve tanto o que no tiene tantas piedras.

No. Debo seguir, aunque sea sola. En el fondo, la fuerza que tengo que emplear para despegar mis pies del fango hace más fuerte mis piernas y llegará un momento en que consiga caminar con comodidad incluso por los peores caminos. Pero antes debo aprender a no mirar sólo al suelo, no centrarme en las piedras y el barro. Tengo que aprender a mirar para adelante, quizá así consiga divisar el punto en el que tomar otra dirección, otro camino que me está esperando, más sencillo, quizá hasta con autobuses que me lleven sentada, quizá al lado de alguien, desconocido o no.

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