Uniendo esta entrada con la primera de este blog, se me viene a la mente ese título "Y siempre hay una primera vez...", porque efectivamente, eso me ha pasado.
Llevo en mi haber más de cien vuelos, fundamentalmente en los últimos cinco años, y podría contar un sin fin de historias, pero entre ellas y, hasta ayer, no se incluía ni una maleta perdida o rota, ni un retraso importante de los vuelos. Pero como estaba tentando a la suerte demasiado, eso sí, la reducía al evitar conscientemente los vuelos operados por Iberia, el día 3 de agosto de 2011 esta racha llegó a su fin.
Mi primer vuelo se retrasó tanto que los buenos de Iberia decidieron darme otra combinación de vuelos, con otras dos compañías, que en la práctica resultaba imposible de realizar, con lo que ya de antemano me estaban condenando a alargar mi viaje innecesariamente. No sé si por desconocimiento e ineptitud o porque había adquirido mi vuelo a través de puntos y automáticamente perdía la condición de "pasajero a contentar".
De cualquier modo, transcurridos los primeros minutos de nerviosismo en los que supe que el primer vuelo llevaba mucho retraso y que seguramente no podría llegar a tiempo para el siguiente, comprendí que de nada servía enfadarme. Y me lo hizo notar el pobre empleado que le tocó lidiar con los pasajeros. Cuando vi su cara y me respondió con ojos que imploraban comprensión, entendí que él poca culpa tenía de todo ello y que si le ahorraba una mala contestación, le haría un poquito menos sufrida su mañana. Pero además, yo misma me sentí más calmada y decidí tomarme la situación con humor.
Finalmente tuve que hacer noche en una ciudad francesa y al día siguiente pude llegar a mi destino. Eso sí, tuve muchos momentos de risa interior, que me hacían mostrar una sonrisa en mi rostro. ¿Por qué? Muy sencillo, interiormente, mi ser no estaba contento con mi traslado, obligado en parte por las circunstancias, y esta situación, molesta en principio, simplemente atrasaba mi llegada y, además, podría contar una aventura más entre las muchas que me han ocurrido a lo largo de la vida. Pero, por si fuera poca alegría todo ello, seguramente tendría derecho a una indemnización económica, que nunca viene mal y más en tiempos de crisis.
¿Podía pedir más? Iberia me estaba regalando sonrisas, una visita fugaz a Marsella, la experiencia de volar con Lufthansa y algo de dinero. La única pena era no poder disfrutar mi aventura con nadie, pero sólo en el momento, porque luego pude compartirla con todo aquel que me quiso escuchar.
De todo ello he aprendido muchas cosas. Por ejemplo, que me da rabia ir a Francia y no poderles entender una palabra, además de no poderme comunicar con ellos. ¿Debería aprender algo de francés? Seguramente sí. Me pondré manos a la obra. Por otro lado, he aprendido una lección muy importante: todo en esta vida, absolutamente todo, puede mirarse con ojos de enfado y tristeza o con ojos de alegría, todo depende de tu actitud ante el suceso. Y lo dice alguien que lleva los últimos dos años mirando las cosas con ojos de tristeza, cuando mis ojos siempre han irradiado alegría, hasta en los momentos más duros.
Debemos buscar el lado amable de las cosas, que aun en las más duras, si escarbamos con conciencia y realmente convencidos de que queremos encontrarlo, lo conseguiremos. Y hay que olvidar el sentimiento de resignación. No debemos resignarnos a nada, sino buscar la positividad de todo, los beneficios que vamos a obtener de cada situación que acontezca, aunque sea simplemente que de repente asomó una sonrisa en nuestros labios.
Y vivirlo, rodearnos de amor y de humor, disfrutarlo y compartirlo.