lunes, 29 de agosto de 2011

La rosa y mi abeja

A veces la mente es extraña y genera miedos de donde no debería. ¿O no es así cuando la rosa siente miedo de que su abeja no vaya más a posarse en sus pétalos porque no necesita su néctar? Ese es un miedo irracional: si no me necesita, ya no me querrá.

¿Verdaderamente queremos que nos necesiten? No debería ser así, pues mucho más bonito es el amor altruista que el originado por la necesidad, pero si la rosa se siente menos que el resto, no logrará convencer a la razón para que sea más fuerte que su corazón y destierre los miedos a ser abandonada.

Y esa abeja, ¿abandonará a la rosa después de ir a posarse en sus pétalos cada día con la simple intención de compartir un poco de su vida con ella? Pues nadie puede saberlo, ni siquiera la propia abeja, con lo que puede pasar y puede que no pase, pero la rosa tiene miedo y no sabe qué hacer para salir de esa sensación. La abeja tiene tantas rosas a su alrededor, tan bonitas, más o incluso menos que ella, que podría elegir cualquiera para ir a pasar la tarde.

¿Por qué la elige entonces a ella? Esa es la pregunta que la rosa no sabe responder y la que le hace sentir miedo y que cada mañana acompañe las gotas de rocío con algunas lágrimas de inseguridad e incertidumbre. La rosa no quiere estar sola, quiere estar acompañada y especialmente por su abeja, la mejor de todo el panal, a la que conoció un día de casualidad y quien le robó el pequeño corazón.


sábado, 27 de agosto de 2011

La sonrisa

Hoy ni siquiera esas gotas de lluvia que han decidido compartir este espacio del mundo conmigo me hacen dejar de sonreír. Si miro a través de la enorme ventana de mi habitación, veo el cielo gris, en muy distintos tonos, pero si miro aquí dentro también veo mi camisa gris, que no por su color deja de ser una de mis favoritas.

Estos días son los que me hacen comprender que el prisma desde el que nos tomemos la vida es fundamental para sonreír o, por el contrario, dejar que esas gotas de lluvia entren en lo más profundo de nuestro corazón y recorran el camino hacia nuestras mejillas dejándonos un semblante triste.

Todo es relativo, hasta lo más gris. Todo nos puede hacer sonreír, incluso lo más triste. Y hasta las personas más pesimistas, pueden encontrar el motivo para sonreír y hacer feliz al que les rodea compartiendo esa mirada alegre.

¿Es posible que pueda llegar a ser la causa de que cierta persona salga de la apatía? ¿Es posible que la vida me conceda ese inmenso placer? Ansío abrazar la vida, aun con las pocas cosas que esté dispuesta a regalarme en estos momentos. Sé que es un juego y me apetece jugar a encontrar mi sitio, aunque me cuesta más de lo que a veces podría ser divertido. Pero hoy quiero jugar, hoy quiero decirte que sigas dándome pistas y nos divirtamos las dos en el camino.

domingo, 21 de agosto de 2011

Después del amor viene la soledad...

El título de esta entrada es parte de un poema que acabo de escuchar, que afirma que lo más parecido a la felicidad con minúscula (pues con mayúsculas no existe) es la soledad, porque después de las grandes situaciones llega la soledad.

Es posible que sea cierto, que cuando algo acaba, aparece la soledad, de manera más o menos prolongada en el tiempo, pero ¿qué es la soledad? No podría asimilar mi concepto de soledad con el de la felicidad, quizá porque mi periodo de soledad se ha extendido de manera excesiva. Para mí la soledad no es estar rodeado de gente, no es no tener a quien llamar para tomar un café o ir a dar un paseo, para mí la soledad es no tener a nadie que te ame, que piense en ti, o, especialmente, alguien en quien pensar y a quien amar. Para mí la existencia de esas personas que pueblan nuestras vidas de manera temporal y superficial, sin sentimientos detrás, no eliminan el sentimiento de soledad, ni siquiera lo mitigan, quizá lleguen a producir el efecto contrario.

Hay momentos en la vida en los que toca lidiar con situaciones complicadas, como vivir en una ciudad desconocida, en un país desconocido, geográficamente lejos de todo aquel que nos profesa amor; pero aún en esas condiciones de aparente soledad, uno puede no sentirse solo. Y probablemente sea por sentir un gran amor procedente de determinadas personas lo que hace que se eliminen las distancias físicas y sólo existan energías que caminan juntas por la vida.

Ha salido el sol y me está invitando a caminar por la vida. ¿Sola? No lo sé, quizá aunque simplemente sea por los personajes de un libro que se han vuelto mis últimos compañeros de viaje, no iré sola y eso me hace sentir bien.

viernes, 19 de agosto de 2011

Somos uno solo

Después de unos cuantos días de ausencia bloguera, hoy vuelvo a mi rinconcito. Hoy es un gran día, por ninguna razón en especial y por todas. Porque la vida no es fácil, para nadie, aunque a primera vista nos pueda parecer lo contrario, pero si escarbamos un poquito y dejamos de limitarnos a la superficie, veremos que todo el mundo tiene alguna faceta en su vida que le hace más complicado seguir caminando, aunque lo haga, con sonrisa o sin ella, porque hay personas que aun en la adversidad, se crecen de tal manera que son capaces hasta de mostrar la mejor de sus sonrisas. A estas personas las admiro.

Pero también es cierto que aunque la vida sea complicada, de vez en cuando aparecen ráfagas de viento fresco, con un olor maravilloso, que te hace cerrar los ojos, respirar profundamente y evadirte por unos instantes. Yo he aprendido a disfrutar estas sensaciones aun con las ráfagas que les llegan a los más cercanos a mí, y he llegado a ser capaz de sentirlas como mías, compartiendo esa emoción profunda que imagino que una madre siente con las alegrías de su hijo. No sé cómo lo he conseguido, porque no he hecho nada por ello, pero creo que el secreto está en amar por encima de todas las cosas, a pesar de todo, y de manera incondicional.

Así quiero yo a determinadas personas que la vida tuvo a bien poner en mi camino, y no me refiero ya a mi familia, a la que adoro con todo mi ser, sino a estas personas que me conceden la grandeza de compartir sus vidas conmigo y así dejarme participar de cada momento de felicidad que puedan llegar a vivir. Desgraciadamente sus vidas tampoco son fáciles, pero justo en los últimos días han percibido esas ráfagas frescas, cargadas de un aroma maravilloso y ahora me hablan con una sonrisa sincera y que nace del corazón.

Ojalá pudiera yo hacerles vibrar a ellos con mis alegrías en el modo en que yo lo hago con las suyas.

viernes, 5 de agosto de 2011

Y siempre hay una primera vez...

Uniendo esta entrada con la primera de este blog, se me viene a la mente ese título "Y siempre hay una primera vez...", porque efectivamente, eso me ha pasado.

Llevo en mi haber más de cien vuelos, fundamentalmente en los últimos cinco años, y podría contar un sin fin de historias, pero entre ellas y, hasta ayer, no se incluía ni una maleta perdida o rota, ni un retraso importante de los vuelos. Pero como estaba tentando a la suerte demasiado, eso sí, la reducía al evitar conscientemente los vuelos operados por Iberia, el día 3 de agosto de 2011 esta racha llegó a su fin.

Mi primer vuelo se retrasó tanto que los buenos de Iberia decidieron darme otra combinación de vuelos, con otras dos compañías, que en la práctica resultaba imposible de realizar, con lo que ya de antemano me estaban condenando a alargar mi viaje innecesariamente. No sé si por desconocimiento e ineptitud o porque había adquirido mi vuelo a través de puntos y automáticamente perdía la condición de "pasajero a contentar".

De cualquier modo, transcurridos los primeros minutos de nerviosismo en los que supe que el primer vuelo llevaba mucho retraso y que seguramente no podría llegar a tiempo para el siguiente, comprendí que de nada servía enfadarme. Y me lo hizo notar el pobre empleado que le tocó lidiar con los pasajeros. Cuando vi su cara y me respondió con ojos que imploraban comprensión, entendí que él poca culpa tenía de todo ello y que si le ahorraba una mala contestación, le haría un poquito menos sufrida su mañana. Pero además, yo misma me sentí más calmada y decidí tomarme la situación con humor.

Finalmente tuve que hacer noche en una ciudad francesa y al día siguiente pude llegar a mi destino. Eso sí, tuve muchos momentos de risa interior, que me hacían mostrar una sonrisa en mi rostro. ¿Por qué? Muy sencillo, interiormente, mi ser no estaba contento con mi traslado, obligado en parte por las circunstancias, y esta situación, molesta en principio, simplemente atrasaba mi llegada y, además, podría contar una aventura más entre las muchas que me han ocurrido a lo largo de la vida. Pero, por si fuera poca alegría todo ello, seguramente tendría derecho a una indemnización económica, que nunca viene mal y más en tiempos de crisis.

¿Podía pedir más? Iberia me estaba regalando sonrisas, una visita fugaz a Marsella, la experiencia de volar con Lufthansa y algo de dinero. La única pena era no poder disfrutar mi aventura con nadie, pero sólo en el momento, porque luego pude compartirla con todo aquel que me quiso escuchar.

De todo ello he aprendido muchas cosas. Por ejemplo, que me da rabia ir a Francia y no poderles entender una palabra, además de no poderme comunicar con ellos. ¿Debería aprender algo de francés? Seguramente sí. Me pondré manos a la obra. Por otro lado, he aprendido una lección muy importante: todo en esta vida, absolutamente todo, puede mirarse con ojos de enfado y tristeza o con ojos de alegría, todo depende de tu actitud ante el suceso. Y lo dice alguien que lleva los últimos dos años mirando las cosas con ojos de tristeza, cuando mis ojos siempre han irradiado alegría, hasta en los momentos más duros.

Debemos buscar el lado amable de las cosas, que aun en las más duras, si escarbamos con conciencia y realmente convencidos de que queremos encontrarlo, lo conseguiremos. Y hay que olvidar el sentimiento de resignación. No debemos resignarnos a nada, sino buscar la positividad de todo, los beneficios que vamos a obtener de cada situación que acontezca, aunque sea simplemente que de repente asomó una sonrisa en nuestros labios.

Y vivirlo, rodearnos de amor y de humor, disfrutarlo y compartirlo.