Creo que es una de las palabras más complicadas de nuestro lenguaje, pero no desde un punto de vista lingüístico sino más bien pragmático. Al menos lo es para mí y siempre lo ha sido.
Los años, pocos o muchos, según como se mire, que llevo vividos y las experiencias que he tenido en ellos, positivas y negativas, me han ayudado a crearme una imagen de mi manera de reaccionar ante las distintas situaciones. Y no sé si es algo común, algo intrínseco del ser humano, pero en mi caso se cumple sin ninguna duda: dificultad para conseguir la aceptación.
Y no la aceptación de los demás, pues esa no la podemos controlar y, aunque nos provoque tristeza el hecho de no ser aceptados por los que nos rodean, poco podemos hacer para evitarlo, pues nunca llegaremos a gustar a todos y es un gran error tratar de conseguirlo. Siempre encontraremos gente a la que nuestra personalidad les parezca agradable, interesante, y quieran compartir sus días o al menos alguno de ellos, con nosotros, pero no todos pensarán igual.
Lo realmente complicado es la aceptación de nuestras vivencias y esta sí depende de nosotros única y exclusivamente. Cuesta aceptar determinados hechos, ya sean positivos o negativos. Siempre me ha costado creer determinadas cuestiones sobre mi persona o sobre las personas que me rodeaban y que ocupaban un lugar primordial en mi vida.
Es difícil aceptar que la persona con la que compartiste tantos años, en realidad es un gran desconocido; es difícil aceptar que no eres lo suficientemente buena para aquella persona que tienes en alta estima, pues no resulta fácil pensar que esa química sólo se da en una dirección; pero también es complicado aceptar que alguien te considere interesante en el amplio sentido de la palabra, pues puede surgir el temor a que pretenda obtener algo de ti de manera sutil, o, mucho más frecuente, se tienda a pensar que simplemente está tratando de hacerte sentir mejor, aunque en el fondo no lo piense.
Este es un momento extraño, pues siento que me han metido en una batidora y me han sacudido la vida y, aunque el viaje ya paró, aún me da vueltas todo y no pienso con claridad. Daría marcha atrás en el tiempo y volvería a unas semanas atrás, pero ello tampoco me solucionaría mucho, sólo eliminaría la infravaloración que siento, personal pero alimentada por opiniones externas. Me cuesta, y mucho, aceptar que aún no es mi momento, me cuesta aceptar que debo seguir esperando, pues soy muy paciente, pero tan larga espera se me hace cruel...
Necesito más dosis de aceptación, pero no sé dónde comprarla.....