Hace mucho que no escribo y no por falta de ganas, todo lo contrario, más bien ha sido por falta de tiempo. Y lejos de ser algo negativo, no puedo sentirme mejor con las últimas circunstancias de mi vida. Con esto no quiero decir que mi vida haya pasado de repente de aquel camino empedrado y lleno de barro a un camino llano, en el que uno se siente cómodo al andar y por el que pasea acompañado por una temperatura agradable. En absoluto.
Pero creo que lo he conseguido. Creo que he logrado empezar a mirar al frente, bajando la vista sólo de vez en cuando para no tropezar con las piedras y para asentar bien la pisada, pero mirando al frente con la cabeza alta y agudizando la mirada para ver en lontananza aquellos rayitos de sol que anuncian los tiempos mejores.
Puede ser que únicamente sea la época del año. El otoño me hace sentirme apagada, no sólo por la ausencia de luz, sino por la sensación de final que me provoca. Sin embargo, el invierno, aun con esa nieve incesante que puedo observar desde mi ventana, me anima a pensar que acaba de comenzar el resto de mi vida, que espero sea larga y venga cargada de emociones, de todo tipo.
Sea lo que sea, me siento optimista. También es cierto que cierta racha ha variado, vuelvo a sentirme útil y eso es muy importante, después de varios años de parón autoimpuesto. Además, siento el cariño incondicional de determinadas personas que no tendrían por qué sentirlo, pero que me lo demuestran de vez en cuando y me cubren esa faceta que sigue sin estar cubierta. Por ello, no puedo por menos que sentirme afortunada.
¿Qué será de mí en unos meses? ¡Ah!, esa es la eterna pregunta. Hay tantos cambios, tantos proyectos, tantas dudas y tantas ilusiones, que no puedo hacerme una idea ni siquiera de lo que deseo en lo más profundo de mi ser, no sé qué opción me haría más feliz, lo cual me resulta curioso.
Siempre he sido muy analítica y, sin ser calculadora, siempre estudiaba al detalle las distintas circunstancias y situaciones en mi vida y finalmente estaba muy segura de la decisión que quería tomar. Ello no aseguraba la ausencia de error, pero era la decisión que había considerado acertada en su momento, por lo que no había arrepentimientos, ni sentía que hubiera hecho algo impuesto o decidido por alguien que no fuera yo. Y lo aplicaba a todas las facetas de mi vida. Al menos en las que me permitían decidir.
Pero ahora he perdido ese afán por analizarlo todo y, aunque sigo teniendo las mismas ansias de saber, de conocerlo todo, incluyendo en este punto hasta mis sentimientos, ahora no soy capaz de conseguir tener una idea absolutamente clara de lo que pienso en determinadas cuestiones.
¿Es un buen cambio o estoy perdiendo mi esencia? A esto tampoco puedo responder con seguridad. Por un lado, dejarme llevar no es nada negativo. Dejar de intentar analizar todas y cada una de las situaciones que acontecen en mi vida puede suponer una eliminación de estrés y una relajación en mi actividad cerebral. Por otro lado, dejar de tener conciencia clara de mis opiniones, convertir éstas en ideas muy poco nítidas y sin consistencia, me hace sentir que he dejado de ser yo y quizá me gustaba esa manera de ser aunque a otros muchos no les gustase.
Está claro que lo que no ha cambiado es lo complicada que es mi mente y lo curiosa que puedo llegar a ser. Pero lo importante es que ahora no me molesta no tener respuestas a mis preguntas.
-Sólo con tu mirada me siento feliz-