miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Vale todo?

Ayer ocurrió un hecho que me ha hecho reflexionar. Por la tarde empezó a extenderse por las redes sociales un llamamiento para la retirada de un libro de las estanterías de las librerías o centros comerciales. Era un libro polémico, pues daba consejos para "curar" la homosexualidad y su escritor hacía gala de haberse curado él mismo "con la ayuda de Dios".

En menos de cuatro horas se produjo una protesta de tal envergadura que los grandes centros comerciales optaron por dar un comunicado en el que confirmaban la retirada del libro, afirmando que no son responsables de las opiniones vertidas en los libros que comercializan. Pero, ¿realmente pueden decir tal cosa?

Por un lado, este hecho me hace reflexionar sobre la calidad moral de los empresarios. Desde mi punto de vista, no se puede vender cualquier cosa, e igual que existen farmacéuticos que se reservan el derecho de abstención a la hora de vender la píldora del día después, o médicos que se niegan a practicar un aborto porque va en contra de sus principios, ¿por qué una librería no debería negarse a comercializar libros que vayan en contra de una línea de pensamiento? Particularmente no le encuentro diferencia y si yo tuviera la gran suerte de dedicarme al negocio editorial, ni lo hubiese editado ni lo hubiese colocado en mis estanterías. Es más, ni siquiera lo hubiera encargado si algún cliente me lo hubiese solicitado. Mi respuesta hubiera sido amable, pero negativa.

Considero que todo no vale a la hora de ganar dinero y si tomas una decisión, cualquiera que sea ésta, hay que ser consecuente y aceptar lo que ésta conlleve. Las grandes librerías no pueden ahora escurrir el bulto, pues han demostrado mucha falta de principios morales al situar el dinero, las ganancias, por encima de todo lo demás. El comercio lógicamente debe buscar los beneficios, pero no a costa de todo y el que lo haga, deberá sufrir las críticas y las consecuencias de la mala reputación.

Me pareció también espectacular, por otro lado, la rapidez con que se extendió la noticia y el efecto tan inmediato que tuvo este fenómeno. Obviamente esto sólo tiene validez en cuestiones que no atañan a determinados sectores de nuestra sociedad, que son intocables, entiéndase la banca y la política. ¡Ojalá pudieran tomarse decisiones de manera tan rápida y que beneficiasen a la sociedad también en estos sectores! Pero me temo que esto no es más que una quimera y difícilmente dejará de serlo.

Creo que lo más adecuado sería que la sociedad tratase de evitar todas aquellas cuestiones que generen conflictos, rechazos, marginalidad, que no ayuden a que los adolescentes puedan superar esta etapa de su vida sin más problemas añadidos, en una palabra, todo aquello que genere intolerancia. Suficiente tenemos ya en nuestra sociedad como para no evitar un mayor daño con la "libertad de expresión" entendida erróneamente.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Nochebuena

Hoy es 24 de diciembre, Nochebuena, y aunque no es la primera que paso fuera de casa, sí es la primera que paso absolutamente sola en casa. Y he de decir que es una sensación extraña.

Nunca me ha gustado la Navidad o, al menos, he olvidado cuando me gustaba, porque supongo que hubo un tiempo en que me gustó. Pero hace mucho que no, hace mucho que perdió para mí un sentido religioso o familiar, supongo que aquí tendrá mucho que ver el que mi familia sea tan pequeña y esté tan dispersa, que las cenas de Nochebuena o de Nochevieja no se diferenciaban mucho del resto de cenas. Quizá sólo en el hecho de que era mi padre quien se metía en la cocina a asar la pata de cordero, que nunca me gustó, y los nervios adicionales de mi madre ocupada todo el día en hacer mil aperitivos, entrantes y demás delicatessen que acababan sobrando para el día siguiente. 

¿Los regalos? Lo cierto es que disfrutaba yendo a comprarlos, pensando durante días qué podía hacer más ilusión a cada uno de los pocos miembros de la familia, envolviéndolos y tratando de que no los descubrieran hasta el 24 por la noche, aunque siempre hemos creído en los Reyes. Somos fieles creyentes de nuestra tradición, pero mis padres decidieron adelantar la fecha para permitirnos disfrutar de los regalos durante todas las fiestas. Y hemos mantenido nuestra particular tradición, sin hacer culto pagano al barbitas de rojo.

Aún así, los regalos no suponían para mí un aliciente a favor de la Navidad, seguramente porque mis padres aprovechaban las vacaciones de duración sustancial en el colegio para premiar nuestro trabajo durante el curso y regalarnos cualquier cosa que fuese educativa y que fomentara nuestras capacidades, cualesquiera que éstas fueran. Por tanto, la Navidad no suponía algo especial, o al menos nada fuera del interés normal de mis padres por fomentar nuestro aprendizaje.

La Navidad nunca ha supuesto para mí una alegría especial, siempre ha sido un poco más de lo mismo, aunque con la pérdida inevitable en el tiempo de la magia que pudo llegar a existir en la infancia. 

Por ello, unas Navidades fuera de casa eran algo emocionante, algo diferente. Ya había vivido una Nochebuena en un país extranjero, pero las circunstancias eran muy diferentes, para nada mejores que las de ahora, ya que mi máxima es "mejor sola que mal acompañada". Pero, ¿cuáles son mis sensaciones?

Lo cierto es que es un poco extraño. En realidad me gustaría acercarme en un momentito a mi casa, entendida ésta como la casa donde está mi familia, darles a todos un abrazo, compartir la cena que mi hermana y su marido habrán preparado con tanto amor, compartir las ocurrencias de mi inteligente sobrina, disfrutar del intercambio de regalos y los consiguientes "no tenías por qué haberme comprado nada", y volverme enseguida. Pero sé que si estuviera allí me aburriría y querría estar en cualquier otro lado. 

En realidad sé que el lugar no es el problema, lo que realmente me incomoda es la Nochebuena. Y es algo psicológico, ¿por qué tenemos que reunirnos necesariamente por Navidad? Personalmente no creo en nada religioso y mi familia hace mucho que tampoco le da un sentido religioso a estas fechas. Y disfruto muchísimo más cuando nos reunimos para celebrar un cumpleaños o uno de nuestros santos, algo que va en desuso pero que para mi pequeña y particular familia sigue siendo motivo de celebración, igualmente sin ningún tipo de connotación religiosa.

Pero la Nochebuena necesariamente hay que disfrutarla en familia, tienes que amoldarte a que el mundo (nuestro mundo) se para y se divide en infinitas partículas de muy pequeño tamaño y extremadamente cerradas. Y si no te gusta, te aguantas y tratas de superar estos días lo mejor que puedas, que son pocos y hay que tirar para adelante.

Hoy estoy sola en casa, en una casa que no siento mía, sin nadie con quien hablar, porque todos están ocupados; sin mucho que escuchar en la radio, porque está inundada de manidas canciones navideñas; sin mucho que ver porque las televisiones cuentan con que muy poca gente dedicará el día a ver la tele. Quizá por ello escriba, lo cual es positivo.

Sin embargo, y aquí aparece la contradicción intrínseca en el género humano, he cocinado algo especial para la cena y he abierto una botella de vino para acompañar. Una copa, no más. No merece la pena hacerlo sin nadie con quien compartir unas risas, pero sí he tenido una cena especial.

En el fondo y aunque nos empeñemos, estamos inmersos en un mundo del que no podemos escapar por las cadenas que nos atan a él.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Historia in-acabada

Todos los días escribía unas líneas en su pequeño cuaderno. Se lo había propuesto hacía unos años y con sorpresa, estaba cumpliendo su cometido. Desde que tenía uso de razón se recordaba con un lápiz en la mano y, lo que primero fueron garabatos, se fue transformando poco a poco en pequeños relatos de su vida.

"Hoy ha muerto pollito", escribió en una ocasión, "alguien no lo vio y cerró la puerta sin saber que en medio estaba él". Aquél diario que le regalaron siendo una cría fue llenándose de pequeñas historias cotidianas desde las más tristes a los resúmenes más elaborados de las películas que le impactaban. 

Y fue creciendo y con ella su pasión por escribir todo aquello que le llamaba la atención de manera positiva o negativa. Pero nunca se lo dijo a nadie, porque pensaba que en esos relatos se encontraba la esencia de su alma, algo tan suyo que no quería que nadie tuviese acceso a ello.

Y un día decidió escribir algo inventado, pero no supo qué, así que intentó utilizar su imaginación. Dio vueltas y más vueltas a la idea: "¿de qué puedo escribir?" y de repente se le ocurrió escribir la historia de un niño que se vería inmerso en un sinfín de aventuras y que le tocaría salvar a la humanidad cambiando con ello la historia del mundo. Se documentó, leyó libros sobre la época histórica donde quería situar a su personaje, leyó novelas que trataban temas similares, y disfrutó muchísimo mientras lo hacía. Se sentía una escritora.

Escribió varias páginas, lo cual era todo un logro, ya que nunca había pasado de unas líneas, pero la madurez y el exceso de responsabilidades hicieron que frenase su creación. Durante varios años quedaron aquellos folios guardados en un cajón, sin que ni siquiera los vagos recuerdos hicieran que volviese a aquella historia en la que tanto empeño puso.

Y de repente conoció a alguien. Fue de casualidad, de esas casualidades que realmente son causalidades, pues simplemente los unió lo que ella creía que era un interés común. Luego supo que además de aquella razón, había otras por las que él había acabado llegando al lugar donde se conocieron. Pero en realidad daba igual, lo importante es que esta persona le impactó. Llevaba mucho tiempo rodeada de personas insulsas y de repente apareció en su vida una persona con la que podía hablar de los temas más diversos, alguien de quien aprender, con quien reír y con quien ser ella misma. Con él aprendió la diferencia entre ironía y sarcasmo y descubrió algunas facetas de su personalidad.

Y este encuentro inesperado hizo que retomase aquel relato, aunque de manera precipitada, porque quería mandárselo para que él lo valorase. No se tomó el tiempo necesario para darle una continuidad apropiada y el relato acabó convirtiéndose en un amasijo de palabras con un final sobrevenido.

Las críticas fueron las apropiadas: el relato no tenía por dónde cogerse, le faltaba mucho trabajo o cualidades personales. Y estuvo de acuerdo con ello. Sabía que lo había hecho de manera precipitada y sabía que no era su manera de hacer las cosas. Por ello, le ofreció la lectura de otros relatos cortos que había escrito varios años antes. Y estos sí le gustaron. Debía mejorar su prosa, evitar esa tendencia a utilizar los gerundios de manera incorrecta, ese trasfondo del inglés que se notaba en sus expresiones, pero tenía jugo.

¡Qué feliz se sintió! ¡Había hecho algo bien! Mejorable, pero interesante. Y aquello la animó a escribir sin parar. Se pasaba las noches sin dormir porque se le venían a la cabeza historias que contar y, sin saber muy bien por dónde iban a acabar, se disponía a expresarlas con palabras. Incluso se permitió el lujo de experimentar con la escritura, pasando a escribir un relato desde el final al principio, lo que supuso un gran reto.

Y cuando más animada se sentía escribió una historia en cuatro horas. Era una historia que simplemente surgió de la nada y tomó forma poco a poco. No se fijó en la prosa, sólo escribió lo que sus dedos querían expresar y cuando la acabó fue capaz de dormir. Al día siguiente la leyó y lloró de emoción, aun sabiendo el final. Se la dejó a leer a dos amigos íntimos y los dos le dijeron que habían llorado al leerla. Se sentía pletórica, pues había sido capaz de expresar emociones hasta el punto de arrancar lágrimas en los lectores.

Así que decidió enviársela a su amigo quien, con buen juicio, le daría los mejores consejos para mejorarla y su más sincera opinión. Pero nunca pensó que la respuesta iba a ser tan dura. Recibió un amplio correo que le impactó con cada una de sus palabras, aunque lo que más le afectó fue que le dijera que no era una historia original, que había hecho uso simplemente de la sensiblería para contar una historia más que manida. No fueron críticas constructivas, o al menos no las sintió como tal, y se hundió.

Jamás le contó el impacto que tuvieron sus palabras, cómo llegó a aparcar la escritura durante años, sintiendo que no servía para eso y que había estado engañándose intentando hacer algo para lo que ni en siglos llegaría a estar preparada. Y lo olvidó.

Pero con los años descubrió que el problema no había sido este caballero que simplemente había dado una opinión, acertada o equivocada, o quizá ni una cosa ni la otra, porque era una opinión subjetiva. Había abandonado una pasión simplemente por una opinión negativa, sin pensar en las opiniones positivas de otras personas, ¿no entendidas? En realidad eso daba igual. ¿Qué literatura es buena y cuál es mala? Acabó llegando a la conclusión de que toda literatura, sea cual sea, es buena. La persona que escribe un relato, sea  cual sea su extensión, pero que contenga un principio, un desarrollo y un final, tiene su mérito; ya sea una prosa mejor o peor, o ya sea original o no, ya le guste a un ochenta por ciento de la población o sólo a un dos por ciento.

Descubrió que ella debía ser su única crítica y, más allá, descubrió que debía hacer las cosas porque le apetecían, porque disfrutaba al hacerlas, más que por el resultado. Y descubrió que nunca se puede contentar a todo el mundo, pero que eso da igual, siempre que se ponga ilusión y empeño en lo que se hace.

Y se obligó a volver a escribir, a volver a disfrutar haciéndolo, independientemente del resultado.

Le costó mucho volver a hacerlo, le costó confiar en las personas para que leyeran sus historias, pero lo hizo y se sintió bien.