Qué sensación esa. Siempre se jactó de no tener miedo, más que al fuego, pero no era ni por asomo cierto. De hecho, últimamente lo había sentido en más de una ocasión y esa sensación le hacía sentir débil.
Pero, ¿qué es debilidad?: ¿sentir miedo o no ser capaz de enfrentarse a él? Obviamente no eran signos de debilidad, más bien eran señales que su corazón le enviaba, pero que no era capaz de entender. Su corazón le decía que todo aquello de donde procedían sus mayores miedos era lo que más le importaba y precisamente todo se reducía a un único temor: la pérdida.
Y anoche lo sintió de manera extrema. En esta ocasión lo había notado, ya no se comportaba como solía hacer antes, pues había construido una barrera protectora porque no quería que esta vez fuese igual que antes, sin darse cuenta de que quizá esa barrera pudiera hacer daño a los demás, o quizá se dio cuenta, pero se sentía bien al pensar que por una vez se daba prioridad. Pero ya ayer se vino abajo. ¿Se había excedido? ¿Llegaría alguna vez a encontrar el equilibrio?
No entendía bien qué había hecho mal, aunque en los segundos que duró aquella sensación de pavor hizo un repaso de todos los días juntos. Se sintió culpable y, como no sabía qué hacer o qué decir, acabó rompiendo a llorar. No eran lágrimas de angustia, eran las tan conocidas lágrimas de tristeza, del habitual final en el que poca participación le dejaban. Todo estaba ya decidido y lo único que le quedaba era la resignación. Se repetía la historia una vez más.
Pero, de repente, la luna traspasó aquel vaho que los cegaba y les envió un rayo de su luz, para que se dieran cuenta de que ella los protegía y que, tras ese cristal empañado, tenían el mundo a sus pies, que ella los había puesto en el mismo camino para que fueran juntos de la mano, porque lejos de aquella sensación de lejanía que los inundaba, en su interior estaban hechos el uno para el otro.
Y anoche durmió con una sonrisa, sin temor a la pérdida, pues lo que había perdido era el miedo.
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