Asunción vive en el bloque de enfrente. Cada mañana, la veo despertarse con una sonrisa en los labios y me encanta observarla sin que ella se percate. Tiene una afición, que sé que es secreta porque deja de hacerlo en cuanto oye abrir la puerta de su dormitorio. Normalmente es su madre, que entra para levantarla, pero a veces es Tobi, un precioso pitbull que vive con ellas y que es todo amor.
Me encanta despertarme antes de que amanezca, ir de puntillas a mi ventana y observarla durmiendo, pues, justo cuando se despierta, comienza su ritual: se despereza de una manera un tanto exagerada para mi gusto, aunque me hace reír, porque es una payasa y ella misma se ríe de sus gracias. Y, a continuación, corre hacia su escritorio, se pone los cascos inalámbricos, teclea algo en su portátil y comienza a bailar sin parar, como si fuera una bailarina de ballet, ya que imagino que no quiere hacer ruidos, así que se desplaza casi volando de un lado al otro de su habitación. Sus movimientos están perfectamente calculados para no rozar ninguno de los muebles a pesar de mantener los ojos cerrados, sintiendo esa música que penetra en sus oídos con los cinco sentidos.
Cómo me gusta observarla y cómo me gustaría bailar con ella.
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