17 de abril de 4444.
Querido diario. Llevo dos días en este planeta, al que llamaré planeta azul porque está lleno de arroyos preciosos que discurren por unas rocas azules que le confieren ese color tan fascinante. He estado caminando, intentando encontrar alguna forma de vida, pero no he encontrado nada: no hay hierbas ni insectos ni plantas o flores; es bastante deprimente, pues solo hay agua y rocas. Me he atrevido a beber el agua de los arroyos tras filtrarla con mi depuradora portátil y tenía un sabor dulce que me ha parecido maravilloso.
Seguiré caminando hacia la segunda luna que oteo en la lejanía. Espero encontrar algo más o tendré que volver a la nave a seguir buscando algún otro planeta en el que no me sienta tan solo.
A veces, me resulta demasiado duro haber sido el único superviviente del desastre en la Tierra…
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27 de abril de 4444.
Querido diario. ¡Hoy ha sido un día maravilloso! Encontré una flor muy parecida a las margaritas terrestres, en medio de la roca, de color verde. Me llamó mucho la atención a la distancia, pues sus tonos verdes desentonaban con el azul reinante y que está convirtiéndose en tedioso. Descubrirla me ayudó a recuperar parte del ánimo que había perdido tras tanto tiempo sin encontrar nada que no fueran rocas azules y agua, así que salí corriendo en su dirección.
Cuando llegué a su lado, la sorpresa fue aún mayor. ¡Tenía rostro: ojos, boca, nariz…! No pude contenerme y la quise tocar, pero ella se apartó y me espetó, con tono de enfado, que ni se me ocurriera rozarla con esas manos llenas de polvo azul.
Me ha contado su historia y he quedado fascinado: procede del planeta verde, a varios años luz de donde nos encontramos (pensamiento derivado: ¡hay más planetas para explorar!) y, siendo semilla, acabó en una expedición exploradora, junto con un grupo de semillas variadas. Uno de los miembros de la expedición solía ir al invernadero a revisar que no hubiera ningún problema y, un día, sin darse cuenta, se quedó pegada al guante. Ese mismo tripulante, debía salir de la nave para revisar una de las antenas, que parecía haberse desviado al rozar ligeramente con un meteoro, así que aprovechó que estaba cerca de las compuertas para acometer su tarea. De esta manera, la semilla salió de la nave y descubrió la inmensidad del universo. Tan emocionada estaba que no se percató de que se había despegado del guante cuando el tripulante manejaba la antena, y allí permaneció suspendida, ingrávida.
Cuando se dio cuenta, la nave estaba muy alejada y no podía hacer nada para volver a su sitio. Sintió miedo, tristeza, angustia… pero, de repente, cuando vio una explosión y supo que la nave había desaparecido con todo su contenido, sintió alivio. Quería seguir viviendo, quería convertirse en una flor, aunque era consciente de que estaba en un entorno desconocido y hostil.
Estuvo vagando durante mucho tiempo, aunque, al ser una semilla, no fue consciente de cuánto. Hasta que acabó cayendo en un suelo rocoso azul, rodeado de agua, y allí decidió descansar de su largo viaje. Con el tiempo, empezó a sentir que algo empujaba desde adentro y se despertó de su letargo, para comprobar que un brote verde había roto la cáscara y se abría hueco hacia el exterior. Finalmente, aquel brote se convirtió en aquella flor de hojas verdes tan brillante y, desde entonces, se pasaba los días mirando a la luna soñando con volver a encontrar a alguien con quien conversar.
Le he contado la historia que tan bien conoces, cómo acabamos destrozando la Tierra y cómo conseguí escapar con Rufus, quien no pudo soportar tantas horas sin sol y acabó liberándose de su pesada existencia. Le conté con detalle todos y cada uno de los planetas que llevamos recorridos y le hablé de ti, querido diario, donde he ido documentando cada detalle descubierto, en la absoluta soledad. Nunca supe para qué lo hacía, aunque al menos me hacía sentir que hablaba con alguien.
Nuestras vidas son tan similares…
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29 de abril de 4444.
Querido diario. Dos días de conversaciones con mi amiga Green, como hemos decidido que se llamaría, me han devuelto la fe en la vida. Le he prometido que me quedaré aquí con ella, que no la voy a abandonar y que la cuidaré para que nada pueda estropearla. Me siento feliz. Nunca imaginé que una flor sería mi compañera de vida.
Debo seguir explorando este planeta: mi nuevo hogar.
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