lunes, 11 de agosto de 2014

A cuatro días del final...

Hoy se ha levantado con una sonrisa. Era temprano, mucho, y el cansancio era dominante, pero aun así, no podía evitar sonreír. Las semanas previas habían sido complicadas: muchísimo trabajo, muchísimo estrés y un equipo de personas en el trabajo que no habían ayudado a facilitar las cosas. Había sentido desesperanza en más de una ocasión y había pedido a sus seres más queridos que intentaran evitar que volviese a este trabajo.

Pero después de tantas semanas con un estado de ánimo decadente, hoy despertaba con una sonrisa, habida cuenta de que en unos días estaría de nuevo en los brazos con los que llevaba soñando desde que llegó.

¿Qué puede cambiar en la mente humana para que, sin olvidar, se puedan superar todos los momentos difíciles y se vean las cosas desde una perspectiva positiva, en lugar de tratar de borrarlo todo?

Pensó que era motivo de orgullo saber que ya no ocurría como antes, donde la primera opción ante cualquier problema era la huida: escapar hacia cualquier otro lugar y pasar página. En esta ocasión, no quería pasar página, no quería huir, sino más bien lo contrario, sacar provecho de los malos momentos y de la valoración general a su trabajo.

Sintió que había hecho bien las cosas, que su esfuerzo había contribuido al bienestar general, a arreglar las cosas y que había muchas personas que eran conscientes de ello y lo valoraban. Y ese sentimiento le hizo ganar fuerzas y plantearse unas ideas que unas semanas atrás jamás se habría planteado.

Pero, ¿qué era lo más sensato en esta ocasión? Su familia no estaría muy contenta de pensar que, lejos de alejarse, estaba realizando esfuerzos para conseguir una mayor implicación y fue consciente de ello. ¿Qué les diría? ¿Cuál sería su reacción al oír esa posibilidad?

La sonrisa se fue transformando en preocupación. En el fondo todo es igual siempre: necesita la aprobación de los que le rodean, aunque al final haga lo que considera más conveniente. No era tanto la necesidad de aprobación, sino la sensación de pensar que quizá se estaba equivocando, pero ¿realmente quería dejar de intentarlo?

Si el resto de circunstancias en la vida fueran adecuadas, no daría este paso. O ¿quizá sí? La pasión por este trabajo es, a fin de cuentas, la única culpable de este dilema moral, por lo que es muy probable que aun cuando las condiciones laborales actuales fueran las idóneas, acabaría tomando este tipo de decisiones, pues, ¿no es una señal del destino lo que ha estado viviendo? ¿No se han cuadrado los astros para que se tercie la posibilidad? ¿Debe renunciar a un futuro atractivo?

Finalmente ha tomado una decisión: que sea el destino el que elija. Hay que poner todas las cartas sobre la mesa y que una se levante a tu favor.

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