domingo, 6 de mayo de 2012

Tristemente aquél que es mi mundo...

Y volvemos a la manida realidad de siempre. No sé qué ocurre, pero estoy condenada a sufrirla en estos lugares en los que tuve a bien venir al mundo y en los que nunca llegaré a sentirme miembro de ellos. 

Cuando estoy lejos se me olvidan estos pequeños detalles que tristemente me han acompañado siempre y que han conseguido que no haya sido capaz de echar raíces en este que se supone que es mi mundo. He de reconocer que así lo considero yo, pero cuando vuelvo a sufrir las mismas situaciones de siempre, donde el rechazo es patente, simplemente por un sentimiento que no tiene nada que ver conmigo, echo de menos sentirme una extranjera, pues en un país extraño uno no percibe el rechazo de manera tan negativa como en tu propia comunidad o, al menos, creo que el grado de comprensión ante ese rechazo es más alto.

Es curioso cómo podemos ser clasistas o racistas, o cualquier otro adjetivo similar. Rechazamos todo aquello que no haya estado con nosotros desde el comienzo, o simplemente aquello ante lo que nos sentimos amenazados, sin darnos cuenta de que nosotros somos el único peligro y que no debemos correr a juzgar a alguien por la supuesta amenaza que percibamos, porque, por regla general, nos equivocaremos.

Eso me pasa a mí. Existe una gran cantidad de gente que me rechaza por la amenaza que consideran que yo represento, no me dan ni siquiera la oportunidad de mantener una conversación o unas cuantas palabras que puedan mostrar algo de mí, lo suficiente para que puedan llegar a decidir si quieren conocer algo más o si no les intereso. Y eso me entristece.

Me entristece tener determinadas características que hacen que determinadas personas se acerquen exclusivamente por una razón muy concreta y, si no lo consiguen, huyen automáticamente, pues reducen mis cualidades a algo absolutamente insustancial, y que otras personas huyan de mí directamente, sin pensárselo, arrastrando con ellas a aquellas otras que puedan considerar que corren peligro a mi lado.

¿Y qué peligro represento yo? Soy una mujer con personalidad, con carácter, no soy una mujer débil o mansa o algo parecido, pero no soy ningún peligro para nadie, todo lo contrario diría yo.

Qué pena tener que vivir estas experiencias en la propia tierra, pues la tengo idealizada en mi mente y me cuesta mucho pensar que no puedo sentirme bien aquí, entre mi gente, de la que tanto orgullo siento...

1 comentario: