Hace mucho que no hablaba contigo, que no dominabas mis pensamientos, pero desde hace unos días me miras y, si bien siempre había conseguido saber si sonreías o no, ahora no puedo y eso me preocupa.
Mi vida está cambiando de rumbo. No es un viraje brusco en absoluto, más bien lo contrario, pues poco a poco voy dejando atrás la línea recta, formando una ligera curva en el océano. Y sé que voy en este barco que ha decidido dirigirse hacia otra dirección, soy consciente del cambio y sé que lo he deseado enormemente, lo cual podría llegar a producir vértigo, pues también soy muy consciente de las cosas que se quedarán en la otra dirección y que nunca volveré a tener. Pero lejos de sentir que me embarga alguna sensación negativa, me siento pletórica, aun cuando tenga que ayudar al motor de este pesado barco en el que viajo, remando todos los días. No es para llegar antes, eso ya no me importa, porque he dejado atrás las ansias por correr. Únicamente es para que el barco no se hunda.
Lo más positivo de todo es la sensación de que nunca llegaré al final de mi viaje, pues no me preocupa, ni siquiera pienso en ello. Además, la vida me ha demostrado que soy excesivamente inconformista y que jamás llegaré a un puerto fijo, cosa que ni pretendo. Creo que vine a este océano para navegar eternamente, pues sólo así puedo llegar a tener la oportunidad de conocer la inmensa cantidad de cosas que me faltan por aprender, el infinito número de lugares que me quedan por explorar, la tremenda variedad de personas con las que me gustaría compartir parte de mi viaje...
La vida es inmensa, es generosa, aun cuando nos presione, aunque tengamos que remar con todas nuestras fuerzas y solos, pues nos regala la oportunidad de crecer, de ganar más fuerza, lo cual se traducirá en mayores sonrisas cuando nos ocurran sucesos de menor importancia, aunque sean negativos.
Qué suerte tuve al montarme en este barco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario