viernes, 2 de diciembre de 2011

Historia in-acabada

Todos los días escribía unas líneas en su pequeño cuaderno. Se lo había propuesto hacía unos años y con sorpresa, estaba cumpliendo su cometido. Desde que tenía uso de razón se recordaba con un lápiz en la mano y, lo que primero fueron garabatos, se fue transformando poco a poco en pequeños relatos de su vida.

"Hoy ha muerto pollito", escribió en una ocasión, "alguien no lo vio y cerró la puerta sin saber que en medio estaba él". Aquél diario que le regalaron siendo una cría fue llenándose de pequeñas historias cotidianas desde las más tristes a los resúmenes más elaborados de las películas que le impactaban. 

Y fue creciendo y con ella su pasión por escribir todo aquello que le llamaba la atención de manera positiva o negativa. Pero nunca se lo dijo a nadie, porque pensaba que en esos relatos se encontraba la esencia de su alma, algo tan suyo que no quería que nadie tuviese acceso a ello.

Y un día decidió escribir algo inventado, pero no supo qué, así que intentó utilizar su imaginación. Dio vueltas y más vueltas a la idea: "¿de qué puedo escribir?" y de repente se le ocurrió escribir la historia de un niño que se vería inmerso en un sinfín de aventuras y que le tocaría salvar a la humanidad cambiando con ello la historia del mundo. Se documentó, leyó libros sobre la época histórica donde quería situar a su personaje, leyó novelas que trataban temas similares, y disfrutó muchísimo mientras lo hacía. Se sentía una escritora.

Escribió varias páginas, lo cual era todo un logro, ya que nunca había pasado de unas líneas, pero la madurez y el exceso de responsabilidades hicieron que frenase su creación. Durante varios años quedaron aquellos folios guardados en un cajón, sin que ni siquiera los vagos recuerdos hicieran que volviese a aquella historia en la que tanto empeño puso.

Y de repente conoció a alguien. Fue de casualidad, de esas casualidades que realmente son causalidades, pues simplemente los unió lo que ella creía que era un interés común. Luego supo que además de aquella razón, había otras por las que él había acabado llegando al lugar donde se conocieron. Pero en realidad daba igual, lo importante es que esta persona le impactó. Llevaba mucho tiempo rodeada de personas insulsas y de repente apareció en su vida una persona con la que podía hablar de los temas más diversos, alguien de quien aprender, con quien reír y con quien ser ella misma. Con él aprendió la diferencia entre ironía y sarcasmo y descubrió algunas facetas de su personalidad.

Y este encuentro inesperado hizo que retomase aquel relato, aunque de manera precipitada, porque quería mandárselo para que él lo valorase. No se tomó el tiempo necesario para darle una continuidad apropiada y el relato acabó convirtiéndose en un amasijo de palabras con un final sobrevenido.

Las críticas fueron las apropiadas: el relato no tenía por dónde cogerse, le faltaba mucho trabajo o cualidades personales. Y estuvo de acuerdo con ello. Sabía que lo había hecho de manera precipitada y sabía que no era su manera de hacer las cosas. Por ello, le ofreció la lectura de otros relatos cortos que había escrito varios años antes. Y estos sí le gustaron. Debía mejorar su prosa, evitar esa tendencia a utilizar los gerundios de manera incorrecta, ese trasfondo del inglés que se notaba en sus expresiones, pero tenía jugo.

¡Qué feliz se sintió! ¡Había hecho algo bien! Mejorable, pero interesante. Y aquello la animó a escribir sin parar. Se pasaba las noches sin dormir porque se le venían a la cabeza historias que contar y, sin saber muy bien por dónde iban a acabar, se disponía a expresarlas con palabras. Incluso se permitió el lujo de experimentar con la escritura, pasando a escribir un relato desde el final al principio, lo que supuso un gran reto.

Y cuando más animada se sentía escribió una historia en cuatro horas. Era una historia que simplemente surgió de la nada y tomó forma poco a poco. No se fijó en la prosa, sólo escribió lo que sus dedos querían expresar y cuando la acabó fue capaz de dormir. Al día siguiente la leyó y lloró de emoción, aun sabiendo el final. Se la dejó a leer a dos amigos íntimos y los dos le dijeron que habían llorado al leerla. Se sentía pletórica, pues había sido capaz de expresar emociones hasta el punto de arrancar lágrimas en los lectores.

Así que decidió enviársela a su amigo quien, con buen juicio, le daría los mejores consejos para mejorarla y su más sincera opinión. Pero nunca pensó que la respuesta iba a ser tan dura. Recibió un amplio correo que le impactó con cada una de sus palabras, aunque lo que más le afectó fue que le dijera que no era una historia original, que había hecho uso simplemente de la sensiblería para contar una historia más que manida. No fueron críticas constructivas, o al menos no las sintió como tal, y se hundió.

Jamás le contó el impacto que tuvieron sus palabras, cómo llegó a aparcar la escritura durante años, sintiendo que no servía para eso y que había estado engañándose intentando hacer algo para lo que ni en siglos llegaría a estar preparada. Y lo olvidó.

Pero con los años descubrió que el problema no había sido este caballero que simplemente había dado una opinión, acertada o equivocada, o quizá ni una cosa ni la otra, porque era una opinión subjetiva. Había abandonado una pasión simplemente por una opinión negativa, sin pensar en las opiniones positivas de otras personas, ¿no entendidas? En realidad eso daba igual. ¿Qué literatura es buena y cuál es mala? Acabó llegando a la conclusión de que toda literatura, sea cual sea, es buena. La persona que escribe un relato, sea  cual sea su extensión, pero que contenga un principio, un desarrollo y un final, tiene su mérito; ya sea una prosa mejor o peor, o ya sea original o no, ya le guste a un ochenta por ciento de la población o sólo a un dos por ciento.

Descubrió que ella debía ser su única crítica y, más allá, descubrió que debía hacer las cosas porque le apetecían, porque disfrutaba al hacerlas, más que por el resultado. Y descubrió que nunca se puede contentar a todo el mundo, pero que eso da igual, siempre que se ponga ilusión y empeño en lo que se hace.

Y se obligó a volver a escribir, a volver a disfrutar haciéndolo, independientemente del resultado.

Le costó mucho volver a hacerlo, le costó confiar en las personas para que leyeran sus historias, pero lo hizo y se sintió bien.

4 comentarios:

  1. Cuando alguien me pide que lea algo que ha escrito, suelo decir lo mismo: "¿Quieres que lo lea para decirte lo bueno que es o para darte mi sincera opinión? Porque para lo primero ya tienes a tu abuela". Entonces, si insiste en que lo lea, le advierto que expresaré mi opinión con toda crudeza.

    Porque si de algo vale que yo lea un texto de un "escritor en prácticas" es precisamente para señalar los errores. Porque si sabes en qué te equivocas ya sabes qué tienes que corregir. Naturalmente, soy consciente de que una opinión negativa dolerá, porque cuando escribimos volcamos en el papel parte de nosotros mismos. Pero ese es un riesgo que todos los que escribimos, incluso los que somos profesionales, corremos.

    Por otro lado, ¿bloquearse ante una mala crítica? Si yo hubiese hecho eso te garantizo que ahora no sería escritor. De las malas críticas se aprende. De los errores se aprende. Y nadie nace sabiendo. La escritura supone un largo camino de aprendizaje, un camino lleno de esfuerzo y batacazos, un camino, además, que no tiene meta, porque siempre estás aprendiendo.

    Por supuesto, se puede escribir para uno mismo, en cuyo caso, como tú dices, toda literatura es buena. Pero si escribes para los demás, entonces aceptas tácitamente que tu obra sea juzgada, y ya no toda la literatura será buena. Y, ojo, basta con que le des lo que escribes a una persona, sólo a una, para que tus textos dejen de ser privados y se conviertan en públicos.

    Créeme, Carmen: una crítica negativa, razonada y constructiva, es un extraordinario regalo.

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  2. De hecho, mi querido César, esta historia no es más que una autocrítica, aunque no sé si habré sabido expresarlo así.

    Crítica a no haber sabido aceptar las críticas, crítica a haberme bloqueado sin haber sabido leer lo positivo de la crítica, crítica a que me importase hasta tal punto lo que otros criticaran, crítica a tener tan baja autoestima y tanta hipersensibilidad que llegase a bloquearme y no a intentar aplicar los consejos y mejorar lo que trataba de hacer, ya fuese para un público, para una persona o para nadie.

    Es una autocrítica y un deseo de mejorar esa faceta de mí misma, en la que quizá pequé de soberbia camuflada bajo la capa de la insegurida. Jamás una crítica a quien intentó, de manera absolutamente desinteresada, ayudarme a mejorar mi escritura.

    De hecho ahora leo aquellos relatos y veo una gran falta de calidad en la prosa, pero aún así no los corrijo, porque ahora pienso que quizá con el tiempo haya mejorado en algo. Y me hace ilusión ver cómo escribía en su día.

    Soy consciente de todo lo que me escribes y nunca pretendí ofender, sino más bien todo lo contrario. Me siento muy agradecida por muchas cosas que ese caballero me ofreció y que me animó a hacer. Desgraciadamente quizá no tenga las habilidades para conseguirlo y haya expresado algo que haya llegado a ofender.

    Lo siento si es así.

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  3. No sé quién es ese caballero, pero dudo mucho que le hayas ofendido. Me pareció ver en tu post una queja por la crudeza de la crítica que recibiste, y por eso he intentado aclararte que es infinítamente mejor y más útil una crítica negativa, sincera, cruda y razonada que todas las mentiras piadosas del mundo. Todo en la vida se aprende a base de equivocaciones; pero para que eso funcione es necesario saber en qué te has equivocado.

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  4. Efectivamente César, ahora es cuando más claro tengo que de las equivocaciones se aprende y que si no se conocen los errores no se puede aprender de ellos. Aun sabiéndolos cuesta trabajo aprender, así que si ni siquiera se acepta que uno se puede equivocar, todo se complica aún más.

    Precisamente mi equivocación fue no verlo así en su momento. Y otro error fue tomarme tan a pecho esa crítica. La queja al Caballero de la Mesa Redonda que has entendido es la que se produjo en mi mente en aquel momento, no ahora que veo las cosas con mucha más claridad y con mayor perspectiva. De ahí que lo refuto a continuación.

    Es muy complicado saber reconocer los errores en un primer momento y aceptar de primeras las críticas, sean cuales sean. Quizá haya personas que tengan una gran humildad y seguridad en sí mismas que sean capaces, pero ahí no me puedo incluir yo.

    Lo interesante es al menos hacerlo en algún momento. Y mi momento ya llegó.

    Gracias por tus comentarios, siempre son más que bienvenidos :)

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